martes, 15 de abril de 2014

«En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso»

Sobres su cabeza había una inscripción que decía «éste es el Rey de los judíos». Uno de los malhechores lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros». Pero el otro increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Él le respondió: «en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,38-42)


A los lados de Jesús se encontraban dos malhechores, cuyo castigo había sido el mismo de Jesús. A Jesús se le había castigado supuestamente por querer proclamarse Rey; como según decía la inscripción que habían colocado sobre su cabeza «Rey de los judíos», pues con esta intención se atentaba contra el poder del César. Pero de estos hombres que también habían sido crucificados junto con Jesús, el texto solo nos dice que eran malhechores, sin dar más detalles de sus acciones o la gravosidad de la falta que les había llevado hasta este castigo.
Sabemos por experiencia que ante las dificultades s regularmente hacemos alianzas con algún otro que pasa por la misma dificultad. Pero en este relato concretamente la situación es distinta. Por una parte tenemos al malhechor que se burla de Jesús y por la otra al buen ladrón como lo conocemos tradicionalmente. El primero pese a que se encuentra en la misma posición de Jesús, con la misma condena y a punto de perder la vida, lanza la pregunta «¿No eres tú el Mesías?». Por una parte puede ser que se haya dejado llevar por el ambiente hostil hacia Jesús de aquel momento; pues todos insultaban a Jesús. Algunos le pedían que se bajara de la cruz, otros simplemente se burlaban de Él. Este primer malhechor tiene una doble actitud. Primeramente es incrédulo; no cree en Jesús como Mesías. Tal vez al igual que toda la muchedumbre ha puesto en duda todas las acciones que Jesús había hecho y que le hacían digno de crédito. Y en segundo lugar puede ser que también él buscaba el fracaso de Jesús; el gritarle a Jesús que se bajara de la cruz o no tomar en serio y aceptar su mesianismo les hacía cerrarse al proyecto de salvación. El pecado que hasta hoy nos sigue perdiendo el rumbo es buscar el fracaso de Jesús. No soportamos que a otro le vaya mejor que a nosotros y es entonces cuando viene la envidia, preferimos que el otro se equivoque, que sea infiel para no exigirnos también a nosotros permanecer fieles. Hoy mucho se critica a las personas que nos gobiernan, dígase el presidente, gobernador en fin todos aquellos que ejercen un cargo público, su fracaso es la victoria y el consuelo de muchos; pues de fondo siempre es la misma pregunta «¿No eres tu el Mesías?». Buscamos exponer el fracaso del otro para evitar que se nos exija actuar con verdad. Buscamos a toda consta encontrar la corrupción en el gobernante con el fin de autopermitirnos la culpabilidad de nuestros actos. Tenemos necesidad de encontrar un chivo expiatorio a quien colgarle nuestros propios vicios y culpas, y así permitirnos nuestros actos corruptos. Finalmente el malhechor termina burlándose de Jesús «Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros». De fondo está en reírse de la obra salvadora de Jesús que se ha mantenido fiel hasta el final, cumpliendo su misión: la voluntad del Padre.
El  Segundo personaje que se encuentra a un lado de Jesús y que conocemos como buen ladrón, tiene una actitud distinta a la del primero. En el reconocemos la conversión y la fe a diferencia del primero en el cual encontramos la apatía a la salvación y la incredulidad. El buen ladrón reconoce a Cristo, reconoce al Mesías, y más aun tiene una actitud de conversión. En primero lugar increpa al otro por su falta de fe, además de que le muestra al Mesías, «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?». Su actitud es evangelizadora pero sobretodo de arrepentimiento, pues tras reconocerse pecador implora el perdón a Aquel que puede darlo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Sabe que la muerte no tiene la última; pues si bien se encuentra al borde de la muerte, debida al castigo que le había sido impuesto, está convencido en el Dios de la vida. Sabe que sus delitos le han causado cierto efecto, sin embargo está dispuesto a pagar por ellos, pero hay uno por el que no puede corregir y pagar, la pérdida de la vida; es entonces cuando recurre a Jesús: «acuérdate de mí». Ante este momento, muchos hombres han encontrado al final de sus días, llenos de confianza en Aquel que es la misericordia y la vida, el perdón de sus culpas, la reconciliación y la paz. Algunos a través del sacramento de la reconciliación y la unción, otros en el santuario de sus conciencias.
Una vez hecha petición del buen ladrón, es entonces cuando se escucha la palabra de Jesús: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso», seguramente infundieron esperanza a aquel hombre que se encontraba al borde de la muerte, incluso puede ser que haya encontrado descanso y un motivo para morir en paz. La fe y la confianza del buen ladrón en Jesús le trajeron la salvación. Jesús al decir estas palabras no sólo reafirmaba su poder sino que también ponía en evidencia su compañía para con todos lo que sufren dándoles seguridad incluso en el momento más difícil: la muerte. La actitud de Jesús no es el pedir cuentas a aquel que regresa arrepentido, ni preguntar el por qué de sus actos, sino que se trata de una actitud de confianza y cercanía; «hoy mismo estarás conmigo». Al igual que Jesús nosotros estamos llamados a ver en el que nos solicita ayuda al hermano, al pequeño, al que se encuentra sin amparo; y hacer lo posible por acercarle el amor de misericordioso de Dios.

Tres acciones sencillas que pudiéramos tener como cristianos son:
1.- Buscar reconciliarnos sacramentalmente con Dios, o ponernos delante él y haciendo nuestro examen de conciencia pidiéndole el estar siempre en su presencia.
2.- Ver más en el hermano su necesidad que sus errores y defectos.

3.- Renovar cada día nuestra fe y confianza en Dios, reconociendo que en el cargar la propia cruz (al igual que Jesús) se encuentra también nuestro camino hacia la santidad.

martes, 11 de marzo de 2014

«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen»

«Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a Él y a los malhechores uno a la derecha otro a la izquierda. Jesús decía Padre: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Se repartieron sus vestidos echando suertes». (Lc 23, 33-34)

¡Qué escena tan impresionante! Jesús había sido aprendido con piedras y palos, le habían enjuiciado y condenado, las autoridades civiles no habían hecho nada para darle justicia verdadera sino que se habían dejado conducir por el comodísimo o simplemente se habían desentendido de la situación. Le hicieron llevar el instrumento con el cual le torturarían hasta la muerte y le crucificaron junto a dos malhechores. El justo pagó igual que los ladrones que estaban a su lado. Pero aun con todo esto las palabras de Jesús fueron: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Después de aquel juicio ante Sanedrín y ante Pilatos en el cual se decidió su muerte, Jesús sale en su defensa pidiendo misericordia por aquellos que no practicaron misericordia con él.

Por una parte, no practicaron misericordia porque no pudieron reconocer al Hijo de Dios, al Rey de los Judíos, a su Salvador, al Mesías esperado. Pero ¿Qué difícil es también en nuestros días reconocer a Jesús, que se presenta tan cotidiano, tan ordinario? ¿Qué difícil es reconocer a Jesús cuando atravesamos nuestros intereses personales? ¿Qué difícil en un mundo que se llena de violencia reaccionar defendiendo e intercediendo por nuestros agresores? Ciertamente muchas veces criticamos a las autoridades civiles en nuestras pláticas con nuestros amigos y compañeros de trabajo, en nuestros ciberespacios, dígase facebook, twitter, email, entre otros y, con esto actuamos totalmente distinto a Jesús, que oró al Padre para pedir perdón por aquellos que le ofendían y asesinaban. Jesús se presenta con entrañas de misericordia ante el injusto agresor. Intercede por nosotros que al igual que las autoridades y el pueblo de aquel tiempo le ofendemos en nuestro prójimo y hacemos «justicia» por nuestra propia mano, a lo que creemos que es justo pero si practicar misericordia.

Por otra parte el calor de aquel día, el camino recorrido y la multitud que coreó su muerte era para desanimarse, sin embargo Jesús toma fuerza para actuar con misericordia. ¿Cuántas veces nosotros mismo nos hemos cansado de nuestro camino, de nuestro diario vivir, de nuestros problemas y estallamos y arremetemos contra aquel que viene a nosotros o que no entiende nuestro esfuerzo y cansancio? ¿Cuántas veces no maldecimos y buscamos el mal para aquel que nos causa daño? Sí, muchas veces nuestra actitud no es igual a la de Jesús, nosotros si estallamos contra los demás, Se nos han olvidado las palabras de «amen a sus enemigos, hagan bien a los que los odien, bendigan a los que los maldigan, rueguen por los que los difaman» (Lc 6,27s); que palabras tan escandalosas para aquel que solo mira por su propio bien o para aquel que se deja guiar por su coraje y odio y no es capaz de perdonar.

Creo que ha de haber sido difícil para Jesús también ver desde la cruz al Pueblo por el que se entregó completamente, al pueblo que pasó haciendo el bien, curándole los enfermos, expulsándole los demonios, llevándoles la buena nueva a todos y, que hoy no comprendían su obra salvadora. Muchas veces también nosotros hemos experimentado el camino difícil y tormentoso y al final de este camino nos encontramos con el desprecio de los demás, con la incomprensión de nuestras acciones, hasta el punto en que nos difaman y juzgan de manera equivocada por no conocer nuestras intenciones. Ojala tuviéramos también nosotros entrañas de misericordia ante la miseria humana. Misericordia ante aquellos que no saben o no conocen el amor y la justicia de Dios; y dijéramos al igual que Jesús «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen».

Una de las cosas que la Madre Teresa de Calcuta decía era que «Si realmente queremos amar tenemos que aprender a perdonar». Creo que un buen ejercicio sería contemplar la cruz un momento y después de haberla visto por un buen espacio de tiempo, decirle a Jesús: Señor, mira que yo no sé perdonar, no sé cómo hacerlo; pero Tu si sabes. ¡Enséñame a Perdonar! El Señor del perdón, enseña a perdonar, dando nos la lección hasta el extremo de entregar su vida, e intercede por nosotros ante el Padre: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Aprendamos de Él.

Tres acciones sencillas que pudiéramos tener como cristianos son: 
1.- Aprender a reconocer a Jesús en los demás, sobre todo en los más insignificantes. 
2.- Juzgar desde la cruz es decir juzgar como Jesús, pidiendo al Padre perdón por aquellos que nos ofenden y perdonarles. 
3.- Amar profundamente a Cristo y su obra que nos lleve a entregar nuestra vida diariamente por los demás sin esperar nada a cambio.


martes, 18 de febrero de 2014

Callejeros de la Fe

Todos los días ya sea por la mañana o por la tarde reviso mis correos electrónicos lo mismo con mi espacio en facebook, esto con el fin de revisar el anclaje a mi historia que está llena de personas y acontecimientos, así como de compromisos y responsabilidades chicas, medianas y grandes; creo que la mayor de ellas, más que sacerdote, es ser cristiano. No me considero una persona muy popular y creo que nunca lo he sido, pero en el camino de mi vida he podido de hacerme de algunos amigos-fraternos que gracias a Dios son más que los dedos de mis manos y, otros tantos amigos que en los ires y venires de la vida hemos podido hacer bella amistad, tanto los primeros como de algunos de los segundos conservo su amistad en la conexión de las redes sociales. Más aún hay otros tantos que son amigos de amigos o incluso conocidos míos con los cuales también guardo conexión por diversas circunstancias. Estas conexiones me dan también la oportunidad de saber de ambientes en lo que se desenvuelven sus vidas e incluso las conexiones-relaciones que guardan entre ellos y con otros.

Ante los múltiples ambientes en los que nos encontramos tanto física como cibernéticamente me emociona y alabo los esfuerzos de muchos por crear cultura de respeto y de educación, de alegría y entusiasmo. Muchos de estos esfuerzos son con tinte cristiano donde promocionan la fraternidad y sana amistad que se vive en tantos grupos, comunidades y movimientos juveniles; pero también a diario encuentro con otros tantos que si bien acuden a grupos juveniles y/u otros grupos sociales en lugar trasmitir su alegría, formación familiar y/o religiosa aparasen en imágenes que dan en cierta parte culto a la egolatría y narcisismo, a la falta de educación humana y a veces hasta sexual. Sin embargo estos múltiples ambientes que encontramos en las redes sociales, donde muchas veces se expresa más que en lo que la realidad física se hace y dice, son un verdadero reto para nuestra sociedad. Sobre todo para tantos jóvenes que intentan día a día dejarse mover y trasmitir la alegría del Evangelio.

Ciertamente hoy contamos con muchos grupos y movimientos, como Raza Nueva en Cristo, entre otros que «pueden interpretarse como una acción del Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus expectativas y búsquedas de espiritualidad profunda y de un sentido de pertenencia más concreto» (EG 105), hablando en el lenguaje que el joven entiende, en el que se desenvuelve cotidianamente. En pocas palabras, los jóvenes de los grupos intentan presentarse como cristianos ante un mundo que tal parece camina distinto al ideal cristiano, ellos son los mayores protagonistas de su propia evangelización.
         
¿Somos Cristianos? Demostremos nuestra verdadera fe en Cristo, dando testimonio de Él, sin avergonzarnos de nuestro compromiso bautismal. Mostremos realmente nuestra cristiandad  tanto en los espacios físicos como cibernéticos, que Dios está en todas partes y hay que llevarlo a todas partes. Manifestemos nuestra permanencia en la Iglesia tanto dentro como fuera del ciberespacio, dentro o fuera del templo, frete a la novia, al amigo, como también frente al maestro o el jefe de trabajo. Ser cristiano hoy vale la pena. «¡Qué bueno es que los jóvenes sean callejeros de la fe, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!» (EG 106).

        
Ya hace tres meses clausuramos el Año de la Fe, pero aun hoy tenemos que buscar hacer presencia y testimonio de la fe que profesamos. No basta con ir a Misa el domingo sino no estamos dispuestos a salir a misionar en el ambiente concreto y cotidiano en el que nos movemos. No basta con colgarnos el rosario al pecho, o ponernos el anillo del padrenuestro en el dedo sino no estamos dispuestos a actuar convencidos de que la fe se hace vida al vivir los mandamientos, celebrar los sacramentos y practicar las obras de misericordia. 

Hoy más que nunca se necesita de apóstoles de la fe que sostengan las calles, colonias, plazas, parques, escuelas, ciberespacios, redes sociales como verdaderas columnas en las cuales encuentren firmeza y soporte aquellos que se dicen cristianos pero aun no han conocido el amor del Señor. Solo el que ha experimentado el verdadero encuentro con Cristo es capaz de trasmitir la alegría de su evangelio, y por lo tanto hacer de su vida un discipulado permanente que sale todos los días al encuentro de su hermano llevando a Cristo. La misión de todos los días es vigente en todos los ambientes físicos y cibernéticos, por consiguiente esta fuerza misionera implica coherencia de vida cristiana, misma que se vive desde las más claras expresiones de la alegría y carisma juvenil. 

martes, 4 de febrero de 2014

Sé en quien he puesto mi confianza

Hace ya casi diecisiete años que hice uno de los actos de confianza, más fuertes de me vida. La verdad que cuando supe lo que me pedían hacer me entró miedo, quise sacarle la vuelta; pero la petición ya estaba hecha y la idea daba giros en mi cabeza. Cualquier respuesta suponía un acto enorme de responsabilidad y, yo apenas contaba con 15 años. Era un adolescente. Tuve que releer mi vida, mis relaciones, mis intereses, para tomar una decisión; puse en la balanza seguridades, familia, amigos, escuela, diversión, mi vida; en fin lo puse todo; todo lo que en el pasado y en el presente me representaban contra un futuro incierto, una inquietud, una curiosidad, una corazonada, que en al aquel tiempo no sabía ni cómo llamarle. Que días tan difíciles pasé; días y días pensando en lo mismo. Pero llego un día en que cara a cara con mi amigo, le abrí mi confianza, así que no me quedo otra que escucharlo y hacerle caso. Es entonces cuando tome la decisión. ¡Está bien Señor, te seguiré por el camino del sacerdocio!

      Entonces fui a donde mi párroco y conté todo aquello que yo ya había meditado y decidido. Me sobrevino el apoyo tanto del él como de mis padres que sorprendidos aceptaban mi decisión. Todavía recuerdo la palabras de mi padre cuando le compartí lo que iba hacer: Mira campeón yo siempre he querido lo mejor para ti y si eso es lo que quieres yo te apoyo. Sin embargo aun con las palabras de mi padre y con el apoyo de todos, seguía experimentando ciertos temores. Había ocasiones que me preguntaba si había tomado la decisión correcta. Y entonces pensaba en Abraham que tuvo que dejar su patria, su familia para hacer la voluntad de Yahvé (Cfr. Gen 12), en Jeremías que no se consideraba el más capaz para hacer su obra (Cfr. Jr 1). Algunas veces preguntaba tanto al Señor como a mí mismo ¿Por qué yo? Sin embargo entre más preguntaba, nunca escuché una respuesta clara, o al menos una que me diera la seguridad de que la decisión tomada había sido buena. Bueno para muchas cosas no era, no me consideraba buen estudiante y, decían que en el seminario tenía que estudiar mucho, que era muy difícil. Creo que para mí si lo fue. Pero aun así, entre temores y confianzas refrendaba mi decisión de seguir caminado por donde el Señor ya me había llamado.

      Así fueron pasando los años de formación en el seminario y día a día entre clases, aseos, amistades y demás cosas de cotidianeidad aprendía a confiar en el llamado de Dios. Luego llegó el momento de pedir el pase al seminario mayor, el término de la filosofía y el comienzo de la teología, hasta que me encontré frente a mi escritorio para solicitar admisión a la candidatura a las órdenes de diaconado y presbiterado y los ministerios laicales, así como a su tiempo solicitar la ordenación para diaconado y el presbiterado. Creo ahora que el Señor siempre me tuvo confianza y que me la seguirá teniendo, así como yo a él.

      En pocos días celebramos la jornada de oración por las vocaciones sacerdotales, y el saber que el pueblo confiado en la bondad del Señor le solicita sacerdotes y, que algunos jóvenes llenos de incertidumbre y temor con confianza dejan sus familias, casas, proyectos; me vuelve a llenar de confianza el corazón pues sé que su obra sigue en pie. Que el Señor sale todos los días a contratar trabajadores y aunque muchos dicen que no, otros con valentía y con arrojo responden confiados con un SÍ.

      Hoy con cuatro años y medio de ser sacerdote, lejos de mi patria y de mi familia, puedo decir con tranquilidad «Sé en quien he puesto mi confianza».