martes, 29 de julio de 2014

Peregrino

Hace dos años me pidieron estudiar una licenciatura en Teología Dogmática en la Pontifica Universidad Gregoriana de Roma. Un día antes de volar a Roma nos encontramos todos los sacerdotes mexicanos, que estudiaríamos allá, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en México DF; allí tuvimos la oportunidad de contemplar el ayate donde quedo plasmada la imagen de la Madre de Dios. Ya la había visto en otras ocasiones que había peregrinado y visitado la Basílica, pero esta vez era distinto, pues nos permitieron estar un par de minutos dentro de la Bóveda que resguarda por las noches a aquel ayate tan venerado y visitado. Verla tan cerca me dejó perplejo por algunos minutos mientras la contemplaba. Esa noche me fui a la cama sintiéndome enormemente bendecido.

Finalmente al día siguiente salimos a la Ciudad eterna. Donde los primeros días pude peregrinar y visitar a las cuatro basílicas mayores, San Pedro en Vaticano, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo extramuros en Roma. A lo largo de los dos años pude peregrinar también a otras muchas iglesias y lugares. Mientras conocía y oraba en las iglesias me fui dando cuenta de dos cosas. La primera es que a muchas de las iglesias iban turistas con los lentes de sus cámaras, y su estadía en los lugares sagrados era solo para apreciar el arte, aunque también al entrar solía ver a algunos hacerse la señal de la cruz. La segunda cosa que me causo el inicio de una gran experiencia era ver a otras tantas personas que eran más peregrinos que turistas, estos segundos solían entrar a los templos hacer oración por algunos minutos y luego apreciar las diferentes imágenes y esculturas de arte sagrado con fe y devoción.

¿Qué diferencia hay entre un peregrino y un turista? El peregrino reza, visita los templos con el deseo de encontrarse con Dios, en sus mentes suele haber la experiencia en peregrinaje se invierte el tiempo en el encuentro y en la trascendencia.

La última peregrinación antes de retornar a Monterrey y como una experiencia de término del estudio pensé hacerla hacia la Catedral de Santiago de Compostela, por el «Camino de Santiago primitivo». Creo que la elección de este se basó mas en el buscar un poco apartarme del ruido y encontrarme con Cristo mientras caminaba entre las montañas hacia a Compostela. Otro compañero sacerdote y yo comenzamos a caminar con algo muy sencillo: el rezo del Santo Rosario, la meditación del Evangelio diario y la liturgia de las horas. Yo había agregado un pequeño diario que me había regalado otro amigo sacerdote para esta ocasión (escribir es una de las formas con que me gusta más orar). Durante el camino pudimos encontrarnos a otros tantos peregrinos (alrededor de unos 12 constantes) que compartían la mayor parte de las etapas. El camino físicamente era difícil pues casi el 85% era subir y bajar montañas, pero que a diferencia del camino francés este pocos lo recorrían, así que el silencio era propicio para encontrarse con Cristo que camina entre nosotros.

La experiencia de ser peregrino no solo la encontramos cuando vamos a alguna basílica o templo, sino también en cuanto como miembros de la Iglesia caminamos al encuentro del Señor, a la patria celestial.

El hombre vive como peregrino, cuando está en actitud de agradecimiento a Dios y a los hombres que caminan junto a él en el camino de la vida. Vive como peregrino cada vez que se encamina al encuentro con Dios, sabiendo que Él es el único que le sostiene la fuerza para andar por la vida.

El Peregrino es el hombre orante que reconoce la voz de Dios y sabe reconocer el camino que conduce a él; pues el Señor es el único Camino.

Sin duda peregrinar es una actitud y una forma de orar, es reconocer, al igual que el Pueblo de Israel, que el Señor nuestro Dios camina también con nosotros en el día a día.


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A mis compañeros y amigos peregrinos en el Camino de Santiago primitivo: P. Borja, Dany y Paqui, Nando y Roberto, Mauro, José Luis y Rosario, los franceses, entre otros tantos


viernes, 9 de mayo de 2014

El Espíritu y la Esposa (Comentario a Lumen Gentium 4)

Falta un mes para la Solemnidad de Pentecostés; en esta celebramos la venida del Espíritu Santo a los apóstoles y en cierto modo recordamos y renovamos los sacramentos del Bautismo y la Confirmación que nos introdujeron a la Iglesia de Cristo. A propósito de esto quiero compartirles un comentario al siguiente texto de Concilio Vaticano II que he reflexionado durante el Año de la Fe.

Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra (cf. Jn 17,4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia y de esta manera los creyentes pudieran ir al Padre a través de Cristo en el mismo Espíritu (cf. Ef 2,1-8). Él es el Espíritu de vida, la fuente de agua que mana para la vida eterna (cf. Jn 10,4.14; 7,38.39). Por Él, el Padre da la vida a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales (cf. Rm 8,10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un templo (cf. 1Cor 3,16; 6,19), ora en ellos y da testimonio de que son hijos adoptivos (cf. Ga 4,6; Rm 8,15-16 y 26). El conduce la Iglesia a la verdad total (cf. Jn 16,13), la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la adorna con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1Co 12,4; Ga 5,22). Con la fuerza del Evangelio, el Espíritu rejuvenece a la Iglesia, la renueva sin cesar y la lleva a la unión perfecta con su Esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22,17). Así toda la Iglesia aparece como el «pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». (Lumen Gentium 4)

El Espíritu que actuó en la creación y que da vida al hombre es el mismo que actúa hoy sosteniéndole la existencia a la creación entera, en especial al ser humano, en el cual Él inhabita. El Espíritu que acompañó al pueblo de Israel en su historia es el mismo que acompaña a la Iglesia primitiva y la actual. El mismo que bajó en Pentecostés con lenguas de fuego es el mismo que sopló en el Concilio Vaticano II; el mismo que actuó en los profetas, jueces y reyes es el mismo que actúa hoy en los jerarcas de la Iglesia. Este es el único Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo y que con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y la misma gloria como lo decimos en el Credo. Este es el Espíritu Santo que es guía y santificador de la Iglesia.

La acción santificadora del Espíritu Santo que se realiza de una manera ordinaria en los sacramentos, mueve a la Iglesia ha también ser santificadora en virtud de que el Espíritu Santo habita en ella misma, como el alma en el cuerpo. El Ruah que encontramos en el Antiguo Testamento, que conecta espíritu y vida, es el Espíritu que hoy actúa como fuerza vivificadora en el hombre y, que por medio de los sacramentos lo unge, agracia y capacita para vivir como hijo de Dios en el Hijo, es decir en el misterio pascual. El Espíritu Santo inserta en la comunidad al que ha sido regenerado con el Baño Bautismal, el mismo que resucitó a Jesús y vivifica al hombre, le da nueva vida al que está muerto por el pecado. Si la Iglesia es la comunidad de los bautizados, de los fieles en Cristo y de los hombres de buena voluntad, es el Espíritu el que inhabita en cada uno de ellos, los hace participes de la Iglesia de Cristo; la una, santa, católica y apostólica. «El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un templo» (LG4).

Sin duda sabemos que el Concilio Ecuménico Vaticano II, es para la Iglesia desde hace 50 años una irrupción continua del Espíritu Santo con la cual la misma Iglesia se ha auto-examinado, y se ha replanteado su respuesta al Señor y su misión. Los mismos debates y cuestiones discutidas en las comisiones y aulas durante la celebración del concilio, que tuvieron como fin los documentos que hoy conocemos, son los vivos testimonios que el Espíritu Santo jamás se apartó y jamás se apartará de la Iglesia pues como brisa suave o viento impetuoso sigue conduciendo la barca de la Iglesia. Y ante el desafío de la Iglesia de ir a todos los pueblos y anunciar la buena nueva de Jesucristo se presenta como el garante de la obra total. Pues el Espíritu Santo no sólo es motor de la relación comunional trinitaria, sino que también hace posible la comunión de la Iglesia con Cristo, su cabeza. 

La santificación de la Iglesia es obra de Dios, los pastores y jerarcas de la Iglesia no son los simples gerentes de la Iglesia-Institución sino que formando parte del mismo cuerpo son consagrados por el Espíritu y necesarios para llevar la obra realizada por Cristo, pues el servicio que prestan a la Iglesia se da en virtud del mismo Espíritu Santo que los asiste en cada acción sagrada y en la conducción del rebaño de Dios. Ellos son a los que el Señor les dijo «reciban el Espíritu Santo» (Jn 20,21). Por eso mismo ellos son los que disciernen la autenticidad de los dones y carismas de los miembros de la Iglesia. A través de estos dones el Espíritu también construye y dirige la Iglesia, y lo hace en la comunión.

Así pues, hablar de una Iglesia guiada y santificada por el Espíritu Santo, es hablar de una Iglesia siempre abierta a su acción, que no puede ser solamente Institución jerárquica o solamente comunidad carismática, sino que visto al Espíritu Santo como el Alma de la Iglesia, solamente se puede concebir a la Iglesia como Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, en los que se percibe su animación operante y su presencia constante. La animación operante nos porta la gracia, esa amistad profunda con Cristo que es mayormente expresada en las acciones sacramentales. La presencia constante nos hace ver que la Iglesia, Pueblo de Dios, aunque compuesta por miembros humanos goza eternamente de la asistencia del Espíritu paráclito que la dota de dones, sean jerárquicos o carismáticos, para su propia edificación y para caminar en la unidad hacia el encuentro con Cristo.

Por lo anteriormente dicho, la teología propuesta por Lumen Gentium 4 no solamente es una joya de pneumatología, sino que nos presenta una clara visón de el ser de la Iglesia como comunidad que participa del mismo ser en Cristo al dejarse mover por su mismo Espíritu; pues el Espíritu Santo es siempre el Espíritu de Cristo. El Espíritu Santo presentado como guía y santificador de la Iglesia, es sin duda un mirada a la comunión con toda la Iglesia, terrena y celeste. Es una mirada a la escatología, de tal manera que al ver estas dos acciones del Espíritu se suscita esperanza y fe en que la Iglesia es el Misterio Comunión de la presencia siempre operante de nuestro Dios vivificador y santificador que guía con amor a su Pueblo: la Iglesia.

martes, 15 de abril de 2014

«En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso»

Sobres su cabeza había una inscripción que decía «éste es el Rey de los judíos». Uno de los malhechores lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros». Pero el otro increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Él le respondió: «en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,38-42)


A los lados de Jesús se encontraban dos malhechores, cuyo castigo había sido el mismo de Jesús. A Jesús se le había castigado supuestamente por querer proclamarse Rey; como según decía la inscripción que habían colocado sobre su cabeza «Rey de los judíos», pues con esta intención se atentaba contra el poder del César. Pero de estos hombres que también habían sido crucificados junto con Jesús, el texto solo nos dice que eran malhechores, sin dar más detalles de sus acciones o la gravosidad de la falta que les había llevado hasta este castigo.
Sabemos por experiencia que ante las dificultades s regularmente hacemos alianzas con algún otro que pasa por la misma dificultad. Pero en este relato concretamente la situación es distinta. Por una parte tenemos al malhechor que se burla de Jesús y por la otra al buen ladrón como lo conocemos tradicionalmente. El primero pese a que se encuentra en la misma posición de Jesús, con la misma condena y a punto de perder la vida, lanza la pregunta «¿No eres tú el Mesías?». Por una parte puede ser que se haya dejado llevar por el ambiente hostil hacia Jesús de aquel momento; pues todos insultaban a Jesús. Algunos le pedían que se bajara de la cruz, otros simplemente se burlaban de Él. Este primer malhechor tiene una doble actitud. Primeramente es incrédulo; no cree en Jesús como Mesías. Tal vez al igual que toda la muchedumbre ha puesto en duda todas las acciones que Jesús había hecho y que le hacían digno de crédito. Y en segundo lugar puede ser que también él buscaba el fracaso de Jesús; el gritarle a Jesús que se bajara de la cruz o no tomar en serio y aceptar su mesianismo les hacía cerrarse al proyecto de salvación. El pecado que hasta hoy nos sigue perdiendo el rumbo es buscar el fracaso de Jesús. No soportamos que a otro le vaya mejor que a nosotros y es entonces cuando viene la envidia, preferimos que el otro se equivoque, que sea infiel para no exigirnos también a nosotros permanecer fieles. Hoy mucho se critica a las personas que nos gobiernan, dígase el presidente, gobernador en fin todos aquellos que ejercen un cargo público, su fracaso es la victoria y el consuelo de muchos; pues de fondo siempre es la misma pregunta «¿No eres tu el Mesías?». Buscamos exponer el fracaso del otro para evitar que se nos exija actuar con verdad. Buscamos a toda consta encontrar la corrupción en el gobernante con el fin de autopermitirnos la culpabilidad de nuestros actos. Tenemos necesidad de encontrar un chivo expiatorio a quien colgarle nuestros propios vicios y culpas, y así permitirnos nuestros actos corruptos. Finalmente el malhechor termina burlándose de Jesús «Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros». De fondo está en reírse de la obra salvadora de Jesús que se ha mantenido fiel hasta el final, cumpliendo su misión: la voluntad del Padre.
El  Segundo personaje que se encuentra a un lado de Jesús y que conocemos como buen ladrón, tiene una actitud distinta a la del primero. En el reconocemos la conversión y la fe a diferencia del primero en el cual encontramos la apatía a la salvación y la incredulidad. El buen ladrón reconoce a Cristo, reconoce al Mesías, y más aun tiene una actitud de conversión. En primero lugar increpa al otro por su falta de fe, además de que le muestra al Mesías, «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?». Su actitud es evangelizadora pero sobretodo de arrepentimiento, pues tras reconocerse pecador implora el perdón a Aquel que puede darlo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Sabe que la muerte no tiene la última; pues si bien se encuentra al borde de la muerte, debida al castigo que le había sido impuesto, está convencido en el Dios de la vida. Sabe que sus delitos le han causado cierto efecto, sin embargo está dispuesto a pagar por ellos, pero hay uno por el que no puede corregir y pagar, la pérdida de la vida; es entonces cuando recurre a Jesús: «acuérdate de mí». Ante este momento, muchos hombres han encontrado al final de sus días, llenos de confianza en Aquel que es la misericordia y la vida, el perdón de sus culpas, la reconciliación y la paz. Algunos a través del sacramento de la reconciliación y la unción, otros en el santuario de sus conciencias.
Una vez hecha petición del buen ladrón, es entonces cuando se escucha la palabra de Jesús: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso», seguramente infundieron esperanza a aquel hombre que se encontraba al borde de la muerte, incluso puede ser que haya encontrado descanso y un motivo para morir en paz. La fe y la confianza del buen ladrón en Jesús le trajeron la salvación. Jesús al decir estas palabras no sólo reafirmaba su poder sino que también ponía en evidencia su compañía para con todos lo que sufren dándoles seguridad incluso en el momento más difícil: la muerte. La actitud de Jesús no es el pedir cuentas a aquel que regresa arrepentido, ni preguntar el por qué de sus actos, sino que se trata de una actitud de confianza y cercanía; «hoy mismo estarás conmigo». Al igual que Jesús nosotros estamos llamados a ver en el que nos solicita ayuda al hermano, al pequeño, al que se encuentra sin amparo; y hacer lo posible por acercarle el amor de misericordioso de Dios.

Tres acciones sencillas que pudiéramos tener como cristianos son:
1.- Buscar reconciliarnos sacramentalmente con Dios, o ponernos delante él y haciendo nuestro examen de conciencia pidiéndole el estar siempre en su presencia.
2.- Ver más en el hermano su necesidad que sus errores y defectos.

3.- Renovar cada día nuestra fe y confianza en Dios, reconociendo que en el cargar la propia cruz (al igual que Jesús) se encuentra también nuestro camino hacia la santidad.

martes, 11 de marzo de 2014

«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen»

«Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a Él y a los malhechores uno a la derecha otro a la izquierda. Jesús decía Padre: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Se repartieron sus vestidos echando suertes». (Lc 23, 33-34)

¡Qué escena tan impresionante! Jesús había sido aprendido con piedras y palos, le habían enjuiciado y condenado, las autoridades civiles no habían hecho nada para darle justicia verdadera sino que se habían dejado conducir por el comodísimo o simplemente se habían desentendido de la situación. Le hicieron llevar el instrumento con el cual le torturarían hasta la muerte y le crucificaron junto a dos malhechores. El justo pagó igual que los ladrones que estaban a su lado. Pero aun con todo esto las palabras de Jesús fueron: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Después de aquel juicio ante Sanedrín y ante Pilatos en el cual se decidió su muerte, Jesús sale en su defensa pidiendo misericordia por aquellos que no practicaron misericordia con él.

Por una parte, no practicaron misericordia porque no pudieron reconocer al Hijo de Dios, al Rey de los Judíos, a su Salvador, al Mesías esperado. Pero ¿Qué difícil es también en nuestros días reconocer a Jesús, que se presenta tan cotidiano, tan ordinario? ¿Qué difícil es reconocer a Jesús cuando atravesamos nuestros intereses personales? ¿Qué difícil en un mundo que se llena de violencia reaccionar defendiendo e intercediendo por nuestros agresores? Ciertamente muchas veces criticamos a las autoridades civiles en nuestras pláticas con nuestros amigos y compañeros de trabajo, en nuestros ciberespacios, dígase facebook, twitter, email, entre otros y, con esto actuamos totalmente distinto a Jesús, que oró al Padre para pedir perdón por aquellos que le ofendían y asesinaban. Jesús se presenta con entrañas de misericordia ante el injusto agresor. Intercede por nosotros que al igual que las autoridades y el pueblo de aquel tiempo le ofendemos en nuestro prójimo y hacemos «justicia» por nuestra propia mano, a lo que creemos que es justo pero si practicar misericordia.

Por otra parte el calor de aquel día, el camino recorrido y la multitud que coreó su muerte era para desanimarse, sin embargo Jesús toma fuerza para actuar con misericordia. ¿Cuántas veces nosotros mismo nos hemos cansado de nuestro camino, de nuestro diario vivir, de nuestros problemas y estallamos y arremetemos contra aquel que viene a nosotros o que no entiende nuestro esfuerzo y cansancio? ¿Cuántas veces no maldecimos y buscamos el mal para aquel que nos causa daño? Sí, muchas veces nuestra actitud no es igual a la de Jesús, nosotros si estallamos contra los demás, Se nos han olvidado las palabras de «amen a sus enemigos, hagan bien a los que los odien, bendigan a los que los maldigan, rueguen por los que los difaman» (Lc 6,27s); que palabras tan escandalosas para aquel que solo mira por su propio bien o para aquel que se deja guiar por su coraje y odio y no es capaz de perdonar.

Creo que ha de haber sido difícil para Jesús también ver desde la cruz al Pueblo por el que se entregó completamente, al pueblo que pasó haciendo el bien, curándole los enfermos, expulsándole los demonios, llevándoles la buena nueva a todos y, que hoy no comprendían su obra salvadora. Muchas veces también nosotros hemos experimentado el camino difícil y tormentoso y al final de este camino nos encontramos con el desprecio de los demás, con la incomprensión de nuestras acciones, hasta el punto en que nos difaman y juzgan de manera equivocada por no conocer nuestras intenciones. Ojala tuviéramos también nosotros entrañas de misericordia ante la miseria humana. Misericordia ante aquellos que no saben o no conocen el amor y la justicia de Dios; y dijéramos al igual que Jesús «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen».

Una de las cosas que la Madre Teresa de Calcuta decía era que «Si realmente queremos amar tenemos que aprender a perdonar». Creo que un buen ejercicio sería contemplar la cruz un momento y después de haberla visto por un buen espacio de tiempo, decirle a Jesús: Señor, mira que yo no sé perdonar, no sé cómo hacerlo; pero Tu si sabes. ¡Enséñame a Perdonar! El Señor del perdón, enseña a perdonar, dando nos la lección hasta el extremo de entregar su vida, e intercede por nosotros ante el Padre: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Aprendamos de Él.

Tres acciones sencillas que pudiéramos tener como cristianos son: 
1.- Aprender a reconocer a Jesús en los demás, sobre todo en los más insignificantes. 
2.- Juzgar desde la cruz es decir juzgar como Jesús, pidiendo al Padre perdón por aquellos que nos ofenden y perdonarles. 
3.- Amar profundamente a Cristo y su obra que nos lleve a entregar nuestra vida diariamente por los demás sin esperar nada a cambio.