miércoles, 28 de agosto de 2013

Catequistas don de Dios para su Iglesia

Hace unos días me puse a reflexionar sobre mí caminar en la Fe y me di cuenta que es impresionante la cantidad de personas que me han ayudado a crecer como cristiano. Debo decir que en la Iglesia es imposible caminar solo, simplemente no se puede por el motivo de que nuestra Fe está puesta en Dios revelado por Cristo, el cual quiso hacerse presente en nuestros hermanos, de manera que entre más amamos al prójimo más amamos a Dios, y entre más comunión hacemos con Dios más somos Iglesia. ‘Quien ama a Dios, ame también a su hermano’ (1Jn 4,21). La mayoría de los católicos recordamos quien nos enseñó a hacer las primeras oraciones, que regularmente solemos aprenderlas en casa con nuestra familia; y también recordamos quien fueron nuestros catequistas. Aquellos que nos enseñaron los dogmas de Fe, aquellos por los que conocimos a Jesús, incluso aquellos por los que supimos que es y como participar en nuestra Fe.
 
 
En mi tiempo de formación hacia el sacerdocio y ahora como sacerdote he conocido muchísimos catequistas que semana tras semana buscan extender y trasmitir la Fe que profesamos a una inmensidad de niños que a través de uno, dos o más años se inician en la Fe y llegan a entrar en comunión con Cristo-Jesús en su sacramento de amor. En muchas ocasiones poco valorados incluso criticados, los catequistas perseveran firmes en la transmisión de la Fe. No les importa si el clima es bueno o malo, si les dan curso de pedagogía o no, si les agradecen o simplemente desprecian su apostolado… y los tenemos de todos tipos, adolescentes, jóvenes, adultos o ancianos, divertidos, serios, pedagógicos, austeros, etc. En fin todos coinciden en una sola cosa en su amor a Dios y a la Iglesia que les hace trasmitir el don de la Fe. Pero ¿Qué es trasmitir la Fe?
 
 
Con el Año de la Fe, decretado por Benedicto XVI, comenzamos un camino como Iglesia Católica rumbo al reconocimiento y  profundización de nuestra Fe. Ya en febrero de 2007, con la encíclica Sacramentum Caritatis, el papa ponía de  manifiesto que el misterio de la Eucaristía, ‘centro de nuestra Fe’, tiene un triple misterio que debe de creerse, celebrarse y vivirse. De tal manera que el catequista no solo es aquel que recita cosas de memoria en su clase de catecismo, sino que su ministerio le lleva a buscar una verdadera Educación en la Fe para aquellos que a su experiencia se acobijan y, de forma que se vean fortalecidos por esta Fe. Pues ‘la Fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida’ (Lumen Fidei 53).

Ciertamente los primeros responsables de la catequesis son los padres de familia, sin embargo hoy en día los que caminan y ejercen este ministerio de la catequesis buscan entronizar en los niños cuatro cosas básicas y que todos debemos conocer, vivir y celebrar en el diario caminar de nuestra vida sacramentaria, a saber: el credo, los sacramentos, los mandamientos y la oración. A través de estos la Fe se cree, vive y celebra; porque no los catequistas no solo acompañan a los neófitos en el camino hacia el sacramento del sacramento de la Eucaristía, sino que a través de ellos la Iglesia provee a sus hijos con el mapa que los llevará siempre al encuentro con su Dios y Señor. En otras palabras la Fe que se inculca es como el camino a recorrer que se abre al encuentro con Dios vivo (Cfr. Luemen Fidei 46).

Que hermosa e importante tarea, trasmitir la memoria de la Iglesia: Jesús. Aun recuerdo cuando de mi catequista escuché la historia de Samuel, los cantos de animación, los siete sacramentos y el buscar mi perseverancia en la Fe. Tampoco puedo olvidar aquellos catequistas que me enseñaron página a página el Catecismo de la Iglesia Católica, ni los cursos sobre las personas divinas que mi párroco impartió en los años de preparación al Jubileo del 2000. Por eso que ahora que profundizo más de cerca en lo referente a la Fe no dejo de agradecer por la respuesta que dieron aquellas personas y por el tiempo que me dedicaron para aprender a caminar en esta senda de la Fe… Creo que hoy el Señor mas que nunca sigue llamando a sus hijos a trasmitir y vivir su eterno recuerdo del evento de la salvación. Espero muchos respondamos a este llamado y sirvamos en este ministerio… “Padre Bueno recompénsales su entrega y servicio”.
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En honor a mis primeros catequistas:
Olivia, Francis, Anita, Don Paco, Adelaida, Nacho, P. Juan Ángel.

viernes, 7 de junio de 2013

El rincón del silencio


El domingo, navegando un poco por el facebook, mientras esperaba un tiempo para acortar las distancias físicas con mi familia, me encontré con una fotografía que me conmovió hasta lo más profundo, me hizo recordar cuando me enamoré; se trataba de un pequeño rincón en la puerta del Templo parroquial en el que crecí tanto en mi Fe como físicamente, aunque en esto último debo confesar que no tanto. Allá por los años noventa solía, sábado tras sábado, pasarme un buen tiempo sentado fuera de mi parroquia, justamente en el pequeño escalón que da acceso al Templo y, recargado siempre en la columna de donde nace el campanario. Me gustaba ese lugar, creo que tiene algo de mágico; encerraba a la vez el ruido del trafico de la avenida que pasa a un costado del Templo, como el silencio que se producía al encontrarse uno mismo en esa soledad física donde no hay interlocutores, ajetreos, ni temores.
Realmente en ese lugar me enamoré, no puedo negarlo. ¡Ah cómo me encantaba pasar el tiempo en ese rincón! Mi rincón del silencio. Los ruidos y los silencios convenían en un solo sitio para dar paso al amor. Siempre sentado en aquel rincón solía observar la enorme pared blanca que se levantaba concediendo solo al final de esta un espacio para tres ventanas; mismas que dejaban pasar luz suficiente para iluminar el recinto sagrado donde se encontraba el Señor sacramentado.
Es cierto que al principio pensaba en muchas cosas, mis pensamientos iban y venían por los problemas y alegrías que había tenido en la semana; pensaba en los compañeros de la escuela, en los amigos, en el grupo parroquial, en fin; al pasar el tiempo comenzaba hablar de esto a Dios, imaginándome que mi pensamiento volaba recorriendo la pared blanca y al igual que la luz entraba en la capilla del Santísimo, así comencé a dar pasos en la oración. Sin embargo también me di cuenta que no necesitaba hablar siempre, sino que antes de hablar necesitaba escuchar. En ocasiones intente cantar algo en voz baja, pero desistí por dos sencillas razones, la primera es porque no se cantar y a mi juicio creo que nunca lo he hecho bien y, la segunda pues porque, debo confesar, nunca me ha gustado mucho el canto religioso, prefiero el canto litúrgico o sacro, que tampoco logro cantar bien. Una cosa si me quedaba clara, había que afinar el oído y el corazón para escuchar lo que Dios me decía en aquel lugar.
Aprendí también que en la oración hay dos cosas muy importantes Escuchar y Responder. Toda conversación consiste en una persona que emite un mensaje y otra que responde; así también es la oración. Nuestra respuesta no siempre es verbal, pues la mayoría de las veces nuestra respuesta en la oración debe ser la acción. Las personas viven a menudo llenas de prisas, de ruidos, de preocupaciones, que terminan olvidando hacer silencio. Me entristece ver todos los días a los jóvenes con audífonos todo el día; los encuentro en el camión cuando voy a la universidad, en la misma universidad y hasta para hacer ejercicio. Será muy difícil a alguien que no fue educado en el silencio poder hacer oración, pues aun cuando intente hacerla le será muy difícil mantener un dialogo con Dios, solo hablará de sí mismo y consigo mismo. En la dinámica de la oración tenemos que retraernos de nosotros mismos para hacerle un espacio a Dios; pues sin su presencia, solo se convierte en un monologo egoísta. El silencio nos ayuda a escuchar. Solo el que guarda silencio sabrá escuchar al otro; en el caso de la oración, debemos escuchar a Dios.
El primer mandamiento es Escuchar; Shemá Israel… Sólo el que escucha puede responder asertivamente. Enzo Bianchi, en su libro titulado ‘Por qué orar, Cómo orar’, dice que “la oración auténtica brota donde hay escucha”; pues de Dios es la Palabra, del hombre la escucha. Recordemos la respuesta que el joven Samuel dio a la voz que le llamaba: “habla Señor que tu siervo escucha” (1Sam 3,9). Nuevamente debo decir que sólo el que ha aprendido a guardar silencio podrá escuchar con claridad a Dios. En las parroquias muy a menudo se hacen retiros juveniles o de adultos para presentarles el Amor de Dios, cosa que es loable y preciosa, sin embargo resulta que el entusiasmo del encuentro con Dios dura sólo un tiempo y, poco a poco, las personas comienzan a abandonar los grupos. En cierta parte es lógico, pues ¿Cómo se puede mantener una relación si no se habla a menudo con el otro? ¿Cómo podemos mantener vivo el encuentro con Dios si no le volvemos a prestar atención? Recuerdo que en la adolescencia asistí a un encuentro de grupos juveniles a nivel regional, donde la cantidad de jóvenes era demasiado grande, sin embargo pude relacionarme con algunos de ellos, que prometimos escribirnos y telefonearnos, pero sólo hablamos en una ocasión así que terminamos por olvidar esa relación, yo incluso terminé olvidando los nombres. Lo mismo pasa en la relación con Dios, cuando no se les enseña a respetar esa relación con Dios, ha hacer una oración personal e intima con Dios, difícilmente podrán permanecer en los grupos; antes que las dinámicas y actividades pastorales necesitan encontrarse a diario con Dios. Romano Guardini dice que “el hombre más que de las cosas, tiene necesidad de Dios.”
La segunda cosa que el rincón del silencio, me enseño es a responder. Responder no es cosa sencilla, porque toda respuesta implica un verdadero convencimiento personal. A menudo me dice la gente que se les dificulta hacer oración, a lo que yo siempre pregunto lo mismo ¿Qué y cómo le hace? Me he dado cuenta que cuando hacen oración, la gente se pone de frente al Señor externándole la situación, sin embargo antes de comenzar a hacer la oración ellos ya tienen su propia respuesta, y creen saber qué es lo que tienen que hacer, sin embargo esa oración termina siendo un monólogo de ellos mismos en la que nunca dejan intervenir a Dios. De Dios viene toda respuesta, y nosotros debemos aprender a responder. La respuesta puede ser un simple rezo, un sentimiento de paz, o una acción. No podemos decir que hemos hablado con Dios y luego no hacer lo que él nos pide, eso no es una verdadera relación de amor. En el rincón del silencio hay que aprender a responder, a veces será difícil, sin embargo siempre será lo mejor para nosotros.
Definitivamente el rincón del silencio, fue un verdadero maestro de la oración, de éste aprendí a orar, a escuchar y responder y, la respuesta que di no ha sido fácil, sin embargo me ha traído una gran felicidad. Así que “cuando hagas oración entra en tu cuarto cierra la puerta y ora a tu padre que está allí en lo secreto” (Cfr. Mt 6,6).

sábado, 18 de mayo de 2013

De Babel a Pentecostés



Hace ya un buen tiempo me comentó Rodo sobre una reflexión que había hecho que, si mal no recuerdo, llevaba por título Don de lenguas; esta había sido una reflexión muy personal pero que compartió con algunos estampándola en el pizarrón de un alma peregrina (como es que subtitula su blog), el punto es que muchos le habían criticado, algunos bien, otros mal pues todos daban su opinión sobre lo que significaba este don. En resumen el texto expresaba que para él el verdadero don de lenguas era la caridad. Hoy al celebrar la Solemnidad de Pentecostés el Cardenal Sandoval nos decía que muchas veces la persona del Espíritu Santo es la más olvidada en la Iglesia y, que algunos hermanos lo han tomado como bandera diciendo orar al Espíritu Santo pero la mayoría de las veces se quedan más en los signos que en vivir la verdadera presencia del Espíritu en su vidas, pues lo que parece en un día una oración infundida por el mismo Espíritu al día siguiente su comportamiento dice totalmente lo contrario. Pero lo que más me llamó la atención fue cuando dijo “las lenguas del espíritu son dos la Fe y el Amor”.

Días atrás yo había reflexionado sobre la persona del Espíritu Santo en el pasaje de pentecostés y en el texto de Lumen Gentium 4, también trataba de incluir e mi oración personal algunas frases de los prefacios y anáforas de Misa. A esto me surgían las preguntas ¿Cómo habla el Espíritu Santo? ¿Cómo es que santifica a la Iglesia? ¿Cómo realmente tenemos que vivir en el Espíritu? Pero las palabras del cardenal me dieron cierta paz. Por una parte la Fe nos lleva a la unidad, pues podemos creer en muchas cosas pero al final todos buscamos la felicidad que no se acaba y que no tiene fin, es decir la santidad, y esta se encuentra solo en Dios de manera que si ponemos nuestra confianza en Dios, ciertamente la Fe nos llevará al otro, y en el otro está Cristo y en Cristo la Iglesia y juntos podemos ir al Padre. Y por la otra, la Caridad me llevará siempre a ser próximo para el otro; la caridad me dejará salir de mi mismo, de mi egoísmo y de mis falsos poderes y aspiraciones egoístas, para buscar la unidad con mi hermano. Es así que la Fe y la Caridad me dan Esperanza de una vida santamente feliz; pues el Padre con la fuerza del Espíritu Santo, da vida y santifica todo.

Hay que recordar que en el pasaje de la torre de Babel encontramos que el pueblo era de un mismo lenguaje, todos se entendían pero tratando de construir con sus propias manos un camino al cielo acabaron por destruir su misma capacidad de comprenderse recíprocamente (Benedicto XVI). Por otra parte, en el pasaje de Pentecostés encontramos que los discípulos de Jesús se encontraban reunidos con un mismo objetivo y al bajar el Espíritu Santo quedaron llenos de este y se pusieron a hablar en lenguas y cuando se congregó la gente cada uno les oía hablar en su propia lengua (Hch 2,1-13). Es decir que lo que se había dividido en babel se reunificaba en Pentecostés. Del pueblo dividido a la Iglesia unida en el Espíritu; como bien expresa el prefacio de la Anáfora de la reconciliación II, el Espíritu mueve los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión. Es de esta manera que la unidad con el hermano es el signo por el que obra el Espíritu en la Iglesia.

Ciertamente muchos hermanos han presenciado en las asambleas de oración (carismática) una especie de lenguaje que no se comprende, muchas veces llamado don de lenguas o don espectacular; sin embargo muchos hermanos nuestros se quedan con este tipo de experiencia, dándole más importancia a “la manifestación” que se olvidan de escuchar o abrirse realmente al Espíritu. Hay que recordar que el Espíritu Santo, también es llamado “Espíritu de Amor”, y si Él es el Amor, definitivamente debe suponerse que quien se mueve en el espíritu debe amar. Más aun creo, en la personal, que si de alguien se dice haber hablado en lenguas, este alguien necesariamente no puede odiar, criticar o estar enemistado con otro pues como la hemos notado el Espíritu Santo nos lleva a la unidad, nos hace “que desaparezca todo obstáculo en el camino de la concordia”.

Recuerdo que en el catecismo me dijeron que los ‘dones del Espíritu’ son siete, a saber: Sabiduría Inteligencia, Fortaleza, Concejo, Ciencia, Piedad y Temor de Dios; pero el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual creo que todos debemos de leer y estudiar en este Año de la Fe, dice que “Dios es Amor y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. Sin duda todos debemos estar orientados a buscar la unidad en la Iglesia, con el prójimo. Vivir los dones de Dios siempre nos llevará a ser testigos de Cristo para el hermano, aquellos que dan testimonio de la Nueva Vida en Cristo.

Las lenguas del Espíritu Santo son la Fe y el Amor decía el Cardenal Sandoval. Creo que hoy debemos de vivir y hablar en lenguas del Espíritu, pues solo la Fe y el amor garantizarán una verdadera obra de Dios en nuestras vidas, una verdadera transformación. La Fe y el Amor no pueden ser efímeras, llamaradas de petate como decimos coloquialmente, sino deben ser un verdadero proyecto de vida; dejar que el Espíritu hable significa que debemos entregarnos en el amor al otro, sin reservas. Sin embargo para que esto suceda debemos ser verdaderos Templos del Espíritu, donde él se mueva y gobierne, hable y renueve, inspire y vivifique. La tarea no es fácil. Hoy descubrimos un sinfín de comunidades, movimientos, grupos, etc. donde encontramos un auxilio, un espacio para poder orar, y en este ambiente expresamos nuestro sentir de Dios, hablamos de él y con él; pero la oración no llega a ser realmente una relación estable con Dios porque nuestro cuerpo no está dispuesto para ello, no es templo del Espíritu, pues preso muchas veces de la sensualidad y sexualidad o de cualquier otro tipo de placer, nos dejamos mover por un espíritu distinto, que no es el Espíritu de Dios, sino del egoísmo, de la sexualidad mal entendida, de la corrupción expresada de muchas maneras en todos los ambientes y en todas las edades.

Sin embargo el Espíritu santifica al hombre, a la Iglesia. Sus Lenguas de Fe y Amor son las que nos llevaran a tener un corazón indiviso y llenó del Espíritu. Hoy debemos pasar de ese corazón dividido y muchas veces prostituido al tenerlo puesto en ídolos como diría el papa Francisco y no en Dios, a un corazón completamente abandonado al Amor, al Espíritu que lo llena de Vida y de Paz. Sus Lenguas de Fe y Amor son motor de la Iglesia y del Hombre, pues sólo en el Espíritu podemos decir al Señor, Ven; solo en ellas nos atrevemos a ser verdaderos cristianos, y solo en Él tenemos la vida plena.

Felices Fiestas de Pentecostés, Feliz fiesta de la Unidad con el hermano, del amor al prójimo y de retorno a la Vida.

jueves, 25 de abril de 2013

Pecadores y Fariseos


Ver constantemente en el internet, en páginas de periódicos, en las redes sociales, en correos-cadenas, entre otros, una constante crítica contra la Autoridad, dígase civil, moral o religiosa; sobre todo en la persona del presidente o de cualquier político de izquierda o de derecha es algo que me ha cansado. Mucha gente levanta la mano para señalar el error de alguna palabra mal pronunciada en el caso de nuestro presidente, del error de alguien del gobierno, que en muchas ocasiones es un acto corrupto. Se señala al que se equivoca, al que roba, al que mata, al que expresa, etc. De antemano se que muchas ocasiones el levantar la mano y ‘denunciar’ o ‘anunciarlo’ es fruto de una desesperada impotencia contra aquello que nos molesta, nos lacera o peor aun nos vemos envueltos en tal o cual cosa porque nosotros mismos obramos también así.
Por una parte, me agrada que muchos amigos míos, incluso hasta compañeros hacen relecturas de los acontecimientos que vivimos en nuestra actividad organizacional: política y cívica; pues creo que el actor social, hoy por hoy, no debe ser solamente el político o el empresario sino todo ciudadano incluyendo a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes. Es muy bello conocer padres de familia que han enseñado a sus hijos a hacer con conciencia el ejercicio democrático del voto, más aun buscar el bien común ejerciendo sus derechos y deberes con respecto a la sociedad. En mi caso yo me siento afortunado de la familia en la que crecí por tantísimos ejemplos y virtudes que me han formado; por poner un ejemplo concreto, aprendí a amar mi colonia, las áreas verdes, cuando mi padre nos ponía a mi hermano y a mí, a quitar la hierba que había crecido en el parque de la colonia en la que crecíamos, o hacerle arriates a los árboles del parque, regarlos, entre otras tareas; todo esto sólo tenía por paga el placer de hacerlo, de haber contribuido con nuestra sociedad.
Hoy encontramos colegios que promueven un día para que los papás y sus hijos planten un árbol en algún bosque, pinten la escuela, limpien un terreno, entre otros, yo por mi parte el plantar un árbol lo aprendí de mi padre en la baqueta de nuestra casa. El trabajo de las escuelas es un gran esfuerzo porque se busca que el niño o adolescente se introduzca en la sociedad y aporte a ella; me refiero a que estas jornadas de trabajo que los colegios organizan son verdaderamente buenas dado que se lleva a los niños a la Pro-Acción.
Lamentablemente en las redes sociales, como ya he dicho arriba, se encuentra la crítica muchas más veces destructiva que constructiva o pro-activa. Solamente se señala pero no se compromete, aunque existen algunas gratas excepciones. Valoro en gran manera las frases, comentarios y demás, que nos proponen otras formas de caminar en la justicia y en el amor, tal como ConParticipación; aunque también me gusta leer los blogs de Nacho y Rodo.
San Juan en el evangelio nos cuenta que en cierta ocasión una multitud de escribas y fariseos le llevaron a una mujer que la habían sorprendido en flagrante adulterio y poniéndola en medio de todos los que allí se encontraban (Jesús, los que estaban con Jesús, los escribas y fariseos) sin más revelaron señalando su pecado, la falta que había cometido a la pureza y a la integridad de su persona y de la sociedad, en pocas palabras pusieron al desnudo su persona y pisotearon su buena fama. El texto dice que le preguntaron a Jesús qué hacer con ella pues la Ley mandaba lapidarla; sin duda alguna los escribas y fariseos tal vez querían hacer cumplir la Ley y tal vez salvaguardar el orden y la paz social del pueblo, sin embargo al parecer a los aplicadores de la Ley y a los ciudadanos de aquel pueblo se les había olvidado el bien y el respeto del hombre, de manera que no veían que con la sentencia se volvían igual o peor del que había cometido el pecado, se les había olvidado la experiencia de perdón y misericordia que Yahvé había tenido con ellos al rehacer la alianza tantas veces como ellos la quebrantaban… Las palabras pronunciadas por Jesús sonaron sorpresivas e inesperadas por los acusadores que señalaban a la mujer, tal vez porque esperaban por respuesta algo distinto para poder acusarlo, sin embargo la sentencia fue “el que no tenga pecado, que arrojé la primera piedra”; luego cuando se encontró a solas con la mujer le corrigió el camino: “Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, y en adelante no peques más” (Cfr. Jn 8, 1-11). San Juan apunta que los primeros en irse fueron los ancianos, curiosamente aquellos de los que se esperaba la sabiduría, la prudencia, el entender la vida, el amor al prójimo y el trabajo por acercar los hombres a Dios y a la sociedad. Cuando leo este pasaje joánico, me viene a la mente siempre los viejos del relato de la casta Susana, que por obedecer a sus pasiones fueron presos de la mentira y la difamación, además recuerdo a Daniel que les señaló, al pueblo, hacer un juicio justo. Por otra parte viene a mi memoria que “a nadie le es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza, ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad” (CIC 220). Pero mi intención no es insistir en los ancianos del evangelio, sino reflexionar sobre nuestros juicios hacia los hermanos que han equivocado el camino de la justicia y que sus acciones nos han llevado a emitir nuestro juicio u opinión.
Por una parte el ser autoridad conlleva a siempre es estar sujetó a la opinión de los otros. Pero en el caso del evangelio la mujer no era autoridad, ni mucho menos pues para ese tiempo la mujer era ‘valorada’ como ahora; es decir que esta mujer había pecado, había cometido el error como ya se mencionó arriba, y la sociedad haciendo el juicio resolvía en la muerte de aquella, además de haberle destruido su buena fama al mostrar su pecado ante todos. En nuestro tiempo también solemos emitir juicios y opiniones; estos ¿Los hacemos buscando la muerte o el desnudo del otro? o ¿los hacemos como Jesús buscando la justicia y misericordia para el otro, respetando su dignidad? Ciertamente, cuando hablamos de las personas a quien consciente o inconscientemente hemos puesto como autoridad o simplemente estos no son los que nosotros quisiéramos, el juicio oscila entre la indiferencia, el descredito y por otra parte la crítica o el desnudo de sus errores que muchas veces va siempre acompañado de ira. Pero las palabras de Jesús son claras “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra” y el “Yo tampoco te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. El juicio de Jesús a aquella mujer, a diferencia del de los ancianos y los fariseos, fue propositivo: en adelante no peques más.
Es imposible no emitir juicios o hacer críticas, por lo que sería bueno hacerlas desde Cristo, desde la misericordia y el perdón, desde la corrección fraterna, desde el respeto a la fama de los demás, desde la pro-acción como tantas personas y obras, que en lugar de estar señalando y desnudando a los demás ante la sociedad, se preocupan por buscar construir el tejido social o dicho de mejor manera: buscan seguir construyendo el Reino de Dios.