domingo, 19 de febrero de 2017

La justicia como camino a la perfección

Hablar de la justicia hoy no es un tema que podamos hablar con facilidad. La justicia ha pasado a entenderse de muchas maneras a lo largo de la historia, pero cada una corresponde directamente según el pensamiento de aquel que promulga el juicio. Por ejemplo antiguamente para comercializar algo se usaba como forma de pago el trueque, en este ejercicio las dos partes tenían que dar al otro algo similar para que el intercambio fuera “justo”, pero esto solo correspondía al consenso o estar de común acuerdo las partes afectadas.

Otra justicia es la que encontramos en la llamada «Ley del talión» (ojo por ojo, diente por diente), esta conllevaba también en su acto una carga de porcentaje de “justicia”. Tú me diste algo yo también te doy después lo mismo; tú me ofendiste de cierta manera, yo haré lo mismo contigo. Pero esta última manera de aplicar justicia no es del todo sana, si bien en ella encontramos algo de igualdad, o como hoy coloquialmente lo decimos, quedamos tablas, estamos parejos, de fondo solo podemos ver que el resultado final es venganza, y la venganza jamás quedará quieta hasta que una de las partes (necesariamente) decida ponerle fin.

Creo que nos pudiéramos estar haciendo ya la idea de que jamás la venganza será justicia, pues en ella solo encontramos odio, rencor y aversión hacia el otro, de forma que con ello queda descartado el amor, el perdón y la comunión; es así que no necesariamente estamos siendo justos, incluso ni siquiera con nosotros mismos, pues a nuestro adversario no le dejamos otra opción que el miedo, la inseguridad y la preocupación por el acto que nosotros pudiéramos hacer contra él, que muchas veces es desproporcionado a la ofensa recibida; y nosotros no nos dejamos espacio para la libertad, sino que por el contrario, solamente nos dejamos afectar por la esclavitud que el coraje, el rencor, la agresividad y el odio nos proporcionan.

Una vez que se es esclavo ya no podemos hablar de justicia, pues el esclavo solo depende de la voluntad de su amo, aunque en nuestro caso realmente es auto-esclavitud, nosotros mismos nos hacemos presa de nuestro instinto y apasionamiento malsano, olvidándonos de nuestra libertad-santidad y dando paso al pecado que lacera y esclaviza.

San Mateo, apóstol y evangelista, nos trasmite las palabras que Jesús dice al respecto; «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo diente por diente”; pero yo les digo no hagan resistencia al hombre malo» (Mt 5,38-39). Estas palabras de Jesús además de ponerle fin a la ley del talión conllevan tambien libertad y amor para la persona. Cuando se dice no hagan resistencia al hombre malo, pone de manifiesto que jamás la violencia y la venganza serán el camino para poner en orden las cosas, ni tampoco estas dos nos llevarán a encontrar la paz; sino que por el contrario la violencia siempre engendrará más violencia.

No hacer resistencia conlleva sobretodo un acto heroico de valentía por parte de la persona agredida, ella tratará de buscar la paz y con ello le pondrá fin a la violencia. Es así que no poner resistencia es algo que está lejos de la violencia, la agresión y la venganza: «Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda» (Mt 5, 39). Tampoco se trata de que interpretemos este pasaje como un dejar que el otro te agreda y maltrate, sino que por el contrario se trata de hacer el mejor esfuerzo por no regresar venganza sino paz, no odio sino amor y no rencor sino perdón.

Este pasaje se encuentra justo en el apartado que Mateo organizó y puso como un Discurso Evangelio de Jesús; concretamente en lo que llamamos el Sermón de la montaña. Jesús en este sermón le da la plenitud a la Ley, por lo que la Antigua Ley no queda abolida sino perfeccionada, ya no será más una ley del desquite o mejor conocida también como ley del talión, sino que ahora el corazón del hombre será guiado por la paz, el perdón y el amor-comunión. Por tal motivo cuando se dice «no hagan resistencia al hombre malo», o «preséntale también la izquierda» significará que el agredido no responderá a su agresor con la misma moneda, sino que por el contrario a cambio de la agresión le dará la paz. Este intercambio a los ojos humanos parecerá algo injusto, no equitativo y carente de razón, pero como ya dijimos que no se trata de venganza sino de Justicia; el agresor en su coraje y enojo ha perdido la paz y el amor-comunión con el otro y evidentemente también con Dios, por eso en justicia para el agresor se le tendrá que restituir lo que había perdido, de modo que la “justicia” que la ley del talión ofrecía la encontraremos como parcial, y todo lo que es parcial o unilateral jamás será justo, por consiguiente no habrá otra salida que ofrecerle al injusto agresor Justicia (entendida como valor del Reino); esta le devolverá la paz y la comunión.

La persona que realmente quiere hacerse justica no se puede plantear una solución de manera egoísta, pues tendrá como desenlace la venganza; sino que por el contrario tendrá que buscar justicia para ambos, para él mismo y para su prójimo, aunque este segundo no la haya practicado desde el principio. Por eso dentro de las cosas que Jesús plantea en este sermón de la montaña estará la bienaventuranza, así ante la agresión del otro que ha traído injusticia y violencia solo se podrá encontrar la felicidad a la luz de la Justica y la Paz: «dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Todo el que en lugar de responder con violencia e injusta venganza intente construir la paz, hace presente a Cristo, es decir, hace las veces de Jesús, por lo que reconoceremos que ese no se guía por vanos criterios sino que se rige por la Ley del amor y misericordia al igual que Dios lo hizo con nosotros a través de su Hijo unigénito que no vino a condenar sino a salvar; el que construye la Paz es hijo de Dios y estará llamado a practicar la misma justica que Jesús practicó con él al otorgarle el perdón, la misericordia y la reconciliación con el Padre. Practicar lo mismo que Jesús es hacer lo que él nos dice: «Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; yo, en cambio, les digo, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial» (Mt5, 43-45).

Ahora bien, nos queda claro que la única vía es la verdadera Justicia y Amor-comunión, de manera que exista en nosotros el perdón y la paz. Frente al hermano que nos lastimó jamás debemos de obrar con rencor, venganza y violencia sino con Justica, Paz y Perdón así como le prometemos y pedimos al Padre en las palabras de la oración del Señor «perdónanos como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Solo el hombre que tiene un corazón limpio es capaz de ver en su prójimo a Dios del modo como nos lo promete Jesús «dichosos los limpios de corazón porque verán a Dios» (Mt 5,8).

Perdonar, poner la otra mejilla, es decir, no regresar el insulto es obrar igual que Jesús, es dejarnos mover según la Ley y Justicia que vienen de Dios, en pocas palabras es mostrarle el rostro bondadoso de Dios al prójimo que tanto lo necesita. El salmista lo dice con entera confianza y nos deja entrever el gran misterio del Amor y la Justicia divinas que siempre estarán superando a toda justica humana: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados» (Sal 102,8.10). La Justica a la que debemos aspirar no es a la que nos hacemos con nuestras propias manos, sino a la que viene de Dios, se trata de imitarlo a Él, de ser semejantes al Padre, pues somos sus hijos. «Sean santos, porque yo, el Señor, soy Santo» (Lv 19,29), o dicho por Jesús: «Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). La Justicia que propone el Señor es la que viene de lo alto, es la que pone fin a todo rencor, odio, venganza y violencia; la Justicia que viene de Dios es un camino a la Santidad.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La familia construye el Santuario de Dios

Al hablar de la familia como constructora del Santuario de Dios, nos viene inmediatamente a la mente nuestra propia familia. Sin duda cada una de nuestras familias es pieza clave en la construcción de la sociedad, por lo que «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia»[1]. Si en nuestras familias, por ejemplo, se enseñan valores (cristianos) es muy probable que el mundo y la Iglesia se vean enriquecidos sin medida por cada miembro de nuestro núcleo familiar; sin embargo, por el contrario, por cada familia que promueva un anti-valor o vicio se crea un malestar en cadena, pues siempre será más fácil destruir que construir.

Pongamos un ejemplo: Si el padre o madre de familia se empeña por enseñar el valor de la honestidad a su hijo y le habla sobre este tema constantemente logrará que su hijo haya aprendido el valor, sin embargo, si este mismo padre o madre de familia actuara corruptamente frente a sus hijos en alguna ocasión echará a perder todo lo que con esfuerzo ha logrado en la educación del muchacho por el mal ejemplo que le dio. Incluso existe un dicho popular que reza así: Las palabras convencen pero el ejemplo arrastra.

Viene a mi memoria que hace algunos años aquí en México comenzaron a incluir en las cartillas de vacunación de los niños (que se reparten en las escuelas) la educación sexual, incluso ahora recientemente también en los libros de texto de las primarias. Las cartillas presentaban una hoja que al firmarla los padres autorizaban la formación sexual de los niños y adolescentes, y parecía bien, sin embargo encontrábamos niños de 13 ó 14 años que recibían preservativos a esta edad por motivo de prevención y educación sexual. Esto puso en juego el valor de la vida considerando a la persona aun no nacida como un desecho y descartándola por completo. También sucedió con los libros de texto al descartar la familia natural y proponer y promover otros estilos de vida y de relación con personas del mismo sexo llamándolas familias. Sin embargo esto no va con la naturaleza ni con el plan original de Dios.

«La familia es sin duda alguna el lugar donde se encuentran diferentes generaciones y donde se ayudan mutuamente a crecer en sabiduría humana y armonizar los derechos individuales con las demás exigencias de la vida social»[2]; por lo que debe ser cuidada de la mejor y mayor manera posible. Este lugar familiar va construyendo a cada persona con paciencia, responsabilidad y afectividad. Por lo que la podemos nombrar como un verdadero santuario de la vida física, afectiva y social del hombre. En este santuario se guardan los tesoros más preciosos para cada persona: su origen, su historia. Sin embargo la palabra santuario nos habla de construcción por lo que la familia puede ser algo bien edificado o algo mal edificado.

Una familia bien edificada se convierte en baluarte y refugio de toda experiencia negativa, pero no como escondite sino como fortaleza. Cada persona en su entorno familiar es solamente él y no puede actuar o  aparentar cosas que en sí mismo no es, pues los hermanos y los padres le ubicarán inmediatamente. Por tal motivo cada uno debe aprender a ser una roca firme donde el otro pueda reposar y levantarse. Todos los miembros del grupo familiar forman parte de este gran santuario. Sin olvidar los orígenes, «pues la ausencia de memoria histórica es un serio defecto de nuestra sociedad…no se puede educar sin memoria»[3], cada uno debe aportar lo mejor para crecer juntos y fortalecer así semejante edificación.

Dentro de este bello santuario no podemos olvidar que hay una roca firme e inamovible que hizo posible el santuario familiar: Dios nuestro Señor. Ya en la Santísima Trinidad nos encontramos con el modelo familiar pues en Dios todo es relación de amor entre las tres divinas personas; por tal motivo es indispensable que a Dios se le dé el lugar apropiado y que le corresponde. Jesús es realmente la piedra angular de la Iglesia, así que la familia por ser iglesia doméstica debe ponerlo en el centro de todo movimiento y cimiento familiar.

Recodemos que Dios Padre ha irrumpido en la historia del hombre al enviar a su Hijo, el Emmanuel (Dios-con-nosotros), por lo que «la encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo»[4]. Próximos a celebrar el misterio y recuerdo de la navidad del Señor, pudiéramos preguntarnos con humildad: ¿Qué lugar ocupa Dios en nuestra vida familiar?

Tanto José el carpintero como la virgen María de Nazaret, son personas que crecieron en una familia, y su formación familiar les ayudó a tomar las mejores decisiones para su vida. Ellos ya estaban desposados (algo así como casados por lo civil) y tenían que esperar un tiempo para la boda religiosa. El relato evangélico, por una parte, dice de José que era un varón justo, entendiendo así con esto que seguía la ley de Dios y que buscaba la verdad, mientras que los evangelios dicen de María que era una doncella llena de gracia (sin culpa ni pecado).

José y María son hombres que tienen en el centro de sus vidas a Dios; esto les hace tomar las mejores decisiones, caminar en el respeto y la fieldad desde antes de casarse, en el nacimiento de Jesús (que ya conocemos todos) hasta la manera de vivir en familia. Por eso «la alianza de amor y fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el principio que da forma a cada familia, y la hace capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida y de la historia. Sobre esta base, cada familia, a pesar de su debilidad, puede llegar a ser una luz en la oscuridad del mundo. “Lección de vida doméstica»[5].

La formación de Jesús fue gestada en la familia teniendo a Dios como centro de todo, es posible también que nosotros a ejemplo de la familia de Nazaret dejemos que Dios sea el centro de nuestro santuario familiar.
Nuestras familias al tener en el centro a Dios construyen también la Iglesia: Templo de Dios. La Iglesia se presenta como la gran familia donde todos tienen cabida; se presenta como fortaleza y custodia de los valores fundamentales del hombre y de la sociedad. Esta Gran Familia tiene sus células en cada familia cristiana, y estas como verdaderas iglesias domésticas buscan ser guiados por Dios a través de todos los valores cristianos. Solo guiados por ellos podrán ser verdaderas piedras vivas que construyan el gran Santuario de Dios: donde Él mora y vive.

Si en nuestra familia Dios no ocupa el centro de nuestra vida familiar, ¿qué es realmente lo que hemos puesto en el centro? Muchas veces en el centro hemos puesto nuestras propias maneras y criterios de pensar que se presentan como importantes soluciones pero que terminan por ser posturas egoístas y soberbias. Es por eso que solamente poniendo a Dios en el centro podemos tener verdaderamente un rumbo por el cual podemos caminar como familia con entera libertad y respetando a los otros miembros de nuestro santuario familiar. De lo contrario seguiremos siempre esclavizando a nuestros seres queridos a nuestras propias ideas. Si realmente tenemos amor para los demás jamás podremos encaminarlos hacia nosotros mismos como su centro o hacia nuestras falsas y efímeras fortalezas de arena; pues «el amor nunca condiciona; si es verdadero amor, antes libera»[6].

Dios en el centro de nuestra familia y nuestro hogar es libertad y justicia, amor y perdón, esperanza y pasión, vida y aventura, gozo y consuelo, camino y meta, proyecto y construcción de nuestra propia vida familiar y de la nuestra propia Iglesia. Busquemos colocar a Jesús en el centro como piedra que sostenga nuestros esfuerzos y trabajos por construir una mejor vida para nosotros mismos y para nuestros seres más cercanos y amados, hasta que sintamos que entrar a nuestra familia es entrar al mismísimo Santuario donde mora nuestro buen Dios.




[1] Francisco, Amoris Laetitia 31.
[2] Familia, matrimonio y uniones de hecho,  Pontificio Consejo para la familia. 2000.
[3] Francisco, Amoris Laetitia 193.
[4] Francisco, Amoris Laetitia 65.
[5] Pablo VI, Discurso en Nazaret, 5 enero 1964; en Amoris Laetitia 66.
[6] J. Bucay – D. Bucay, El difícil vínculo entre padres e hijos, p. 51.

domingo, 9 de octubre de 2016

Gritar desde el fango

Cuando la gente me dice que le incomoda confesarse, por mi cabeza siempre pasa un «a mi también», pues ciertamente exponer lo que sabemos que no está bien en nuestra vida y de nuestra persona siempre causará un duro conflicto. Sin embargo lo hago cada vez que lo necesito, me venzo a mí mismo y expongo, muchas de las veces entre lágrimas, aquello que yo no he podido vencer, en lo que he fallado y por supuesto el daño que con mis acciones e causado.

A menudo el hombre se mete en conflictos con sus acciones que muchas veces son devastadoras tanto para sí mismo como para sus familiares y amigos. Bajo la bandera de un «yo solo puedo con esto, no necesito tu ayuda», camina hacia el despeñadero, hacia el abismo lacerante de la cegadora soledad, donde no hay salida y donde no encontramos calor para nuestro invierno que ha enfriado toda lucha y toda esperanza por vivir. Pienso, por ejemplo, en el joven que se adentra en el mundo de la drogadicción y el alcoholismo sepultando cada vez más su vida familiar y social; también vienen a mi memoria los padres de familia y los consagrados y consagradas que presos de su vida laboral, doméstica o pastoral, agonizan a toda forma de vida esponsalicia y comunitaria, pues sumidos cada vez más en el activismo han dejado de ver a Aquel a quien dedicaron su vida entera.

Es desde este callejón sin salida y desde el fango de nuestro egoísmo y orgullo desde donde surge el grito de auxilio y desde donde se clama la compasión (entendida como un ‘padece junto conmigo’). San Lucas en su evangelio nos regala una clave de salvación para este tipo de casos (Cfr. Lc 17,11-19). Jesús aparece caminando entre Samaria y Galilea cuando, le salen al encuentro diez leprosos los cuales le gritan desde lejos: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros».

Debemos recordar que el hombre que padecía la lepra en tiempos de Jesús era ante todo un marginado de la sociedad; pues por el problema de su enfermedad se le tenía ubicado como un maldito. Ante una enfermedad como la lepra solo se podía suponer que él o algún familiar suyo habían pecado gravemente y le había venido por ello ese sufrimiento y maldición. Más aun para aquel entonces la lepra era una enfermedad incurable, por lo que el que la padecía perdía toda esperanza de volver a convivir (vivir-junto-con) sus familiares y amigos, inclusive hasta con su pueblo pues tenía que ser desterrado de entre los suyos y ser arrojado a la foranía y el abandono. No solo se padecía el dolor de la enfermedad sino también de la soledad al convertirse en un exiliado por siempre.

El grito de los leprosos pudiera representarnos en el hoy a muchos que, como ya había mencionado arriba, sufren en el silencio, pues su malestar es tanto que pueden reflejarlo en la vida ordinaria. El grito se convierte así en la llamada de auxilio cuando se sabe que todo está perdido, por ejemplo el buen ladrón que le dice a Jesús ya en sus últimos minutos de vida «Jesús acuérdate de mí cuando vengas con tu reino» (Lc 23,42); o el enfermo que agoniza en su lecho de muerte repitiendo la ‘oración del corazón’ Jesús, Hijo de Dios ten compasión de mi; también representa aquellos que no encuentran salida presos de tantos problemas sociales, económicos, entre otros.
Es aquí después del grito de súplica donde sucede el milagro. Jesús manda a los leprosos a presentarse ante los sacerdotes para que conste su curación, pero también para reintegrarlos en la  vida del pueblo y de sus familias. Jesús no da un remedio pasajero para evitar algún malestar, sino que sana integralmente. Es evidente que quien ha cometido pecado se ha apartado del amor de Dios y de su prójimo; alejarse le provoca también un sufrimiento aunque la ofensa haya sido algo pequeño. Por eso no somos realmente felices solo por dejar pasar la ofensa sino por la comunión con Dios y con el prójimo. El padre de la parábola del hijo pródigo (Cfr. Lc 15) busca al Igual que Jesús en este pasaje  reintegra en la comunión a sus hijos así como Jesús reintegra a los leprosos con su pueblo y familia.

La familia siempre representa protección para cualquiera, aunque existan muchos problemas en ella. O por ejemplo nos sentimos seguros cuando estamos extraviados y de repente reconocemos alguna pista de la ruta para llegar a nuestro destino, solemos decir ‘esto nos resulta familiar’, pero sin embargo encontramos que en el fondo surge en nuestro interior la confianza porque el lugar o el acontecimiento es común, pues ya antes habíamos estado en comunión. Los amigos que se distancian pueden perdonarse y ser felices pero son plenamente dichosos cuando saben que otra vez gozan de esa comunión. Por lo que el milagro de Jesús a los leprosos no solo fue la curación de su enfermedad, sino que se trataba más de la reintegración a un mundo, aun pueblo y a una familia en la que seguramente se sentía refugiados y salvados y con la que ansiaban volver a convivir.

Solo que el que se sabe perdido y sin fuerza para salir de su problema sabe agradecer. Sabe que la salvación no bien de sí mismo. El hombre que desde el génesis había caído no había podido reincorporarse a la comunión con el mismo hombre, ni con el mundo y por supuesto tampoco con Dios; tenía que venir el Hijo de Dios a tenderle la mano, sin embargo no lo hace sin la colaboración de la humanidad misma, pues tuvo que asumir la humana naturaleza para poder salvarnos. También en el pasaje evangélico de los diez leprosos hay una acción de parte de Jesús que les salva, pero no sin antes escuchar que los mismos leprosos gritan pidiendo a Jesús su compasión. Para la salvación es necesaria también la voluntad humana, o mejor dicho para la comunión con Dios, que nos espera siempre con los brazos abiertos (sacrificio por nosotros) y el banquete servido (prenda de la gloria futura), es necesario que también nosotros tengamos la libertad y la voluntad de encontrarnos con Él. Es decir el deseo de dejar nuestra esclavitud para gustar la libertad que Él nos dio. Aquí es donde el hombre de fe, de confianza en Dios, no puede más que sentirse agradecido por lo obrado en él mismo; es decir que ha pasado de la maldición a la bendición. De la soledad a la comunión, del destierro a la tierra prometida donde viven en comunión los hijos de Dios.

Pero este solo es el caso del leproso que además de leproso era samaritano. Mientras que los demás al contrario de regresar a dar gracias a Jesús vuelven al pueblo ciertamente porque han aceptado el milagro y volverán a sus mismas costumbres; por ejemplo todos aquellos que recurren a Dios gritando auxilio y una vez que han sido auxiliados y compadecidos, vuelven otra vez a sus costumbres, el milagro no les ha cambiado en nada su vida, o tal vez no gustan de vivir la novedad que le trae esta nueva condición. Sin embargo, el que se sabe curado y es hombre de fe, no se queda solo en el evento o se aprovecha de él, sino que vive agradecido. En el caso del Segundo Libro de los Reyes, donde Naamán es curado por Eliseo, Naamán pide unos sacos de tierra para construir un altar y adorar al Dios de Israel en la tierra donde él vive. Naamán se ha quedado en lo fantástico del milagro e incluso pudiéramos decir que para él Dios solo puede actuar bajo diversas circunstancias, concibiendo que Dios es algo lejano a él, pues es un Dios extranjero. Pienso por ejemplo en todos aquellos que han presenciado algún milagro o salido de algún problema o simplemente han encontrado la paz en un cierto retiro espiritual o con alguna oración que se ha rezado y se han cerrado a ver la grandeza de Dios que abre de una manera multiforme su gracia para ser cogida por todos.

Solo los que saben reconocer a Dios en cada milagro cotidiano y gritan desde el fondo de su corazón implorando la salvación de Dios aprenderán a reconocer en medio de la dificultad cotidiana la multiforme gracia de Dios y la superabundante derrama de sus dones y gracias.


Es tarea de todos reconocer nuestros errores, problemas y miserias para que con una voz llena de confianza gritemos al Dios que nos fortalece que nos otorgue su gracia y su perdón. Gritarle que se compadezca de nosotros limpiándonos de la lepra que nos impide el encuentro de amor y comunión con nuestro prójimo, con el mundo y con Dios. 

jueves, 7 de enero de 2016

Seguirlo con corazón (Jn 14)

En el pasaje evangélico  nos encontramos con el discurso que Jesús dirige a sus discípulos antes de que suceda la pasión. Están celebrando la Pascua, una gran fiesta para todo el pueblo hebreo. Ya ha salido (de noche) Judas Iscariote para hacer la traicionar a Jesús. Jesús le ha dicho a Pedro que le negaría tres veces. Nos ha dado el mandamiento del amor.

«No se turbe vuestro corazón». Jesús comienza su discurso con estas palabras; mismas que volverá a repetir más adelante del texto: no se turbe vuestro corazón ni se acobarde (v.27).

El corazón es la interioridad buena de Dios. Pero también la sede de la más honda experiencia humana, el lugar en el que se asientan los afectos, los sentimientos, las pasiones de su vida. También guardamos en él: rencores, enojos, envidias, rabia entre otras tantas cosas. Nuestro corazón se encuentra constantemente turbado ante la gama de emociones que se albergan allí.

Es desde el corazón desde donde el Señor nos pide la respuesta, por lo que no se trata de pensar mucho el cómo es que tengo que amar al Señor sino simplemente de amarlo. 


Este sentido del corazón nos resulta ejemplar en la formulación del Shemá: «Amarás a l Señor tu Dios con todo tu corazón (leb) con toda alma (nephesh), con todas tus fuerzas» (me’od); esta es la sede básica de las decisiones.  Por eso al nivel del corazón es en el que se proponen las bienaventuranzas y las obras de misericordia. Misericordia entendida como el corazón para el miserable.


Quien sigue a Jesús no se acobarda, según dice el evangelio en el versículo 27: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde». No acobardarnos en el amor a los hermanos, en tener corazón para el que se encuentra sin amparo, pero también para reconocer que Jesús está con nosotros, en nuestro corazón. Tener corazón como el de Jesús es tener un corazón valiente es tener paz en nuestro corazón. Tenemos su paz. El nos la ha dejado. «Os dejo la paz, mi paz os doy». No se turbe vuestro corazón (v.27).

El corazón nos indica cuando está Jesús frente a nosotros, por ejemplo en aquel que necesita ser escuchado, en el apostolado, en el niño, en el anciano.

Tener un corazón en paz es tener un corazón lleno de esperanza. Todos lo que buscamos caminar con Jesús, ser sus discípulos, nos alegra tener encuentros con Jesús, sea en un retiro espiritual, en la adoración al Santísimo Sacramento, en el sacramento de la confesión, en fin en cualquier momento donde sintamos que Jesús llega a nuestra vida. Seguir a Jesús es estar siempre esperándolo y al mismo tiempo estar con él.

En el evangelio se nos relata la promesa de Jesús: ir al Padre y prepararnos un lugar para que donde él esté también estemos sus servidores. Jesús se presenta como el camino seguro para adentrase al misterio divino; por lo que la esperanza se convierte en el reconocer que en cada acontecimiento, en cada obra de misericordia está Jesús con nosotros es decir que el Dios-con-nosotros actúa en nosotros. Por eso esperar a Cristo es caminar en y con Cristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.


Como discípulos de Jesús somos llamados a obrar como el obró (v.12). Cumplir sus mandamientos. ¿Qué obras he hecho que realmente sean también obras como las de Cristo? Cumplir los mandamientos es vivir en la libertad de los hijos de Dios; pues el decálogo se propone como un camino de libertad, en la que la ley es y será siempre amar al otro. Esta Ley nos traerá la paz.


Encontramos también en el pasaje evangélico que el Señor nos ha dejado el Espíritu paráclito, de tal manera que obrando como Cristo obró sabremos que estamos siendo movidos por el Espíritu Santo, es este mismo Espíritu el que nos enseña a comprender y cumplir las palabras de Jesús, por eso quien se deja mover por el Espíritu su corazón no se corrompe. ¿Me dejo mover y guiar por el Espíritu del Amor? El maligno no tendrá ningún poder sobre nosotros, nuestro corazón no obrará en egoísmo.

Algunas preguntas para reflexionar...

1.     ¿Qué sentimientos alberga mi corazón?
2.     ¿Hago más caso a mis deseos o a los impulsos del Espíritu?
3.     ¿Mi corazón es semejante al de Jesús, dejándose guiar por el Espíritu?
4.     ¿Me considero verdadero Discípulo de Cristo?
5.     ¿Me acobardo ante las oportunidades de mostrar misericordia?

martes, 17 de noviembre de 2015

La Espiritualidad en la Familia


La familia siempre ha jugado un papel muy importante en la vida de las personas, pues es «la institución básica de la sociedad, la primera sociedad en la que se encuentra el ser humano»[1]. En la familia nos educamos, se aprenden valores, formas de ser; así como también la persona, en su familia, desarrolla desde sus inicios el diálogo y la familiaridad con Dios. Por lo que «es esencial la familia para la trasmisión y educación de la fe y de los valores más profundos del ser humano»[2].

Dado que en la familia no es solo aprendizaje académico o de algún oficio sino que conlleva también un intercambio de valores, afectos y espiritualidad, se presenta a nosotros como la gran educadora en la Fe. Así encontramos a nuestra familia, desde nuestra propia infancia, como la maestra que nos lleva de la mano hasta la profundidad del misterio de Dios trasmitiéndonos la base de la relación y amistad con el Señor.

En cierto modo «en el seno de una familia, la persona descubre motivos y el camino para pertenecer a la familia de Dios»[3]. Nos sentimos hijos de Dios pues desde pequeños aprendemos a llamarle a Dios Padre con la oración del padrenuestro. Se nos enseña a reconocer en las imágenes y en la piedad popular la presencia amorosa de Dios. En otras palabras: es a través de la familia en donde nosotros crecemos en nuestro espíritu, pues ella siempre será la Iglesia doméstica y la primera evangelizadora[4].

Sin duda la familia cristiana debe gozar de una espiritualidad propia, en la que desde la piedad sencilla y la vida ordinaria se difunda para todos sus miembros el buen olor de Cristo. La familia que goza de una sana espiritualidad se refleja en su vida ordinaria y cotidiana como un claro testimonio evangelizador para la sociedad. «El gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la trasmite y testimonia»[5].

Es así que la espiritualidad familiar consiste en no solo rezar juntos sino en construir la familia poniendo a Cristo como centro y roca angular en la que se deposita toda la confianza y de quien se toma el modelo para caminar en comunión perfecta con Dios y con los miembros de la familia.

Para llevar una buena espiritualidad familiar es necesario preguntarnos en dónde nos encontramos como familia en cuanto a la relación con Dios. ¿Qué tanto pronunciamos el nombre de Dios en nuestras charlas? ¿Confiamos que es Dios quien protege y guía nuestros pasos familiares en medio de las alegrías y tristezas cotidianas? ¿Somos capaces de poner la Palabra de Dios como tema de conversación? Tal vez al examinarnos nos encontramos en que, por pena o vergüenza, poco se trasmite a Dios.

Es así que nos encontrarnos con una serie de prácticas ordinarias que nos pueden llevar a una buena espiritualidad familiar. Por ejemplo, rezan juntos el rosario, asistir como familia a una posada, hacer oración para bendecir los alimentos, bendecir a los hijos, asistir a Misa juntos, platicar sobre las lecturas de la Misa, orar unos por otros, etc. pero el secreto de la espiritualidad familiar siempre radicará en la voluntad de cada integrante por llevar un poco de Dios al hogar, por lo que es conveniente que cada integrante de la familia se pregunte sobre su relación personal con Dios. Pues lograr una buena espiritualidad familiar es tarea de todos y al mismo tiempo de cada uno en singular.

Por otra parte muchas de las veces que se busca tener un momento de espiritualidad no suele faltar algún distractor que interrumpa el clima de encuentro con Dios, es decir la espiritualidad, por ejemplo el ruido, el juego de algún niño, la risa o apatía de alguien; pero lo importante será ser perseverante y continuar con el ejercicio de meditación oración o de piedad popular.

Ejercicio:

1.     Reunirse como familia para analizar y compartir fortalezas y áreas de oportunidad que se tienen en torno a la vida espiritual de la familia. Recordarlos ayudará a reconocer la cercanía de Dios y, servirá como punto de partida.
2.     Compromiso: Elaborar algunos momentos (ejercicios sencillos) de espiritualidad familiar en torno a los domingos restantes para la navidad (29 de noviembre, 6, 13 y 20 de diciembre).

Oración:

Señor Dios, ya que en tu designio tiene su sólido fundamento la familia, atiende misericordiosamente las súplicas de tus siervos y concédenos que, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia de tu Hijo Unigénito en el don de su amor y en sus virtudes domésticas, disfrutemos de la eterna recompensa en la alegría de tu casa. Por Cristo nuestro Señor. Amén.






[1] F. Robles Ortega, «Vivo en la fe del Hijo de Dios», 16.
[2] F. Robles Ortega, «La reconstrucción de nuestra ciudad una tarea de todos», 13.
[3] Documento de Aparecida, No. 118.
[4] Cfr. Documento de Santo Domingo, No. 64.
[5] Documento de Aparecida, No. 118

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El Pan de fraternidad

El pasado fin de semana se celebró en Monterrey el Congreso Eucarístico Nacional (CEN), al cual asistieron gran cantidad de personas de todo México. Durante el mismo se reflexionó sobre este gran misterio central de nuestra fe: la Eucaristía. La Eucaristía toca todos los aspectos de la vida de las personas; familia, alegría, celebración, gozos, misterio entre otros.

Ya desde hace un tiempo me ha llamado la atención cuando se le denomina a la misma «pan de fraternidad». Si bien la celebración eucarística es el encuentro profundo del cristiano con Cristo, también lo es para los cristianos entre sí. He tenido la oportunidad de participar, en diferentes ocasiones, en muchas celebraciones eucarísticas multitudinarias a las que asisten personas de muchas partes del mundo. En ellas todos somos extraños unos con otros pero también todos somos cercanos en el sacramento y la fe.

La eucaristía a diferencia de otros cultos de iglesias cristianas no-católicas es una acción netamente comunitaria. En ella se actualiza la nueva alianza sellada con la sangre y el cuerpo de Cristo; de esta participamos cada uno con sus propias alegrías, tristezas y esperanzas pero siempre en comunión con el otro. En ella Cristo muere por todos y nos llama a ser pueblo suyo. Nos llama a estar y ser con Él en el otro. El que asiste a la eucaristía dominical, por ejemplo, sabe que se encontrará con Cristo, su Señor, pero también tiene por seguro que se encontrará con los hermanos, con la comunidad. Todos comerán del mismo pan como quien se sienta a la mesa de familia, por eso podemos decir que la eucaristía no es solo el alimento personal para el cuerpo y el alma del cristiano, sino que esta se convierte en el alimento comunitario y familiar. En la eucaristía todos somos familia, todos somos hermanos, todos comemos un mismo pan.

Sin embargo la eucaristía no se reduce solo a un punto o momento concreto de nuestra participación en la celebración, sino que ella se extiende a la misma asamblea reunida, a la Iglesia terrestre y celeste. Cabe resaltar que desde antiguo, pensar la Iglesia era pensarla unida al ámbito sacramental, pues tanto Eucaristía e Iglesia recibían el título de «cuerpo de Cristo».

La eucaristía, por tanto, nos hace vivir en la «communio sanctorum» (comunión de los santos), nos lleva a invocar a los que ya gozan de la fiesta sin fin, a pedir por los difuntos, a fraternizar con los que asistieron e incluso con los que se quedaron en casa. La eucaristía nos impulsa a salir de nosotros mismos, a ir en busca de nuestros hermanos y llevarles el pan que comulgamos a través de la fraternidad. La sacramentalidad de la comunión con Cristo nos lleva a la fraternidad con el prójimo.

Una verdadera participación eucarística conlleva, para nosotros, comulgar del pan sacramental y del pan de fraternidad. El que ha participado de la eucaristía busca comulgar a su hermano, entrar en comunión con él, pues al entrar en comunión con los hermanos inmediatamente entra en comunión con Cristo y con su Iglesia. El que ha comulgado no puede olvidarse de la fraternidad, pues en la fraternidad encuentra realizado lo que en el altar ha comulgado. Cristo pone siempre en nuestras manos el pan de fraternidad. Comulgar al hermano es hacer Iglesia, es ser Iglesia. El que participa de la celebración eucarística y comulga ya sea sacramentalmente o espiritualmente hace posible la fraternidad sacramental, pues para Dios todos somos hijos, todos hermanos. Por tanto ricos o pobres, pequeños o grandes, solteros, casados o divorciados, todos estamos llamados, al comulgar ya sea sacramental o espiritualmente, a llevar la fuerza sacramental de la comunión fraternal.

Nuestra fraternidad es signo de Cristo que se hace cercano a los alejados, nuestra fraternidad es sacramento de unidad, pues en la Iglesia todos comemos de un mismo pan, todos comemos de un mismo Cristo, así como todos nos nutrimos del pan que da la vida, también todos nos nutrimos del pan de fraternidad. Comulgar a Cristo es comulgar al hermano.

FRATERNIDAD

domingo, 24 de mayo de 2015

El Espíritu y la Misericordia

En el contexto del Jubileo de la Misericordia y esta solemnísima fiesta de Pentecostés, he querido hacer una reflexión sobre El Espíritu Santo como Espíritu de Perdón. Quiero iniciar planteándonos una pregunta ¿Es posible hablar de perdón en un momento histórico en el que la mayoría de los hombres que habitamos el mundo buscamos más el beneficio de nosotros mismos y no la amistad surgida de la misericordia y la mirada de amor hacia nuestro prójimo?

De frente a esta cuestión quiero plantear algunas ideas y reflexiones que nos den luz para redescubrir la presencia del Espíritu en nuestras vidas y concretamente en nuestra Iglesia.

1. El Espíritu sopla donde quiere. Como primer punto debemos decir que la presencia del Espíritu es real y esta se manifiesta en cada acontecimiento de la vida ordinaria, específicamente en aquello que nos impulsa a la comunión personal y comunitaria. En el pasaje juánico del diálogo de Jesús con Nicodemo (Cfr. Jn 5,8), El Señor le indica que para lograr una verdadera conversión es necesario nacer del Espíritu y no solo de la carne (entendida la carne como la debilidad), la carne, carne es; pero ‘el Espíritu sopla donde quiere y oyes su voz’. Curiosamente encontramos dos cosas interesantes en una sola frase, la primera refieriéndose a la capacidad del Espíritu Santo de penetrar cualquier instancia por más viciada que parezca (casa, familia, amigos, etc.). La segunda en cuanto que dice que ‘hace oír su voz’. El Verbo del Padre es la palabra que da vida, por la que el Padre se revela, sin embargo el Espíritu es el no-dicho sino el que procede del Padre y del Hijo y que permite la comunicación entre ambos. Por lo que si el Espíritu sopla donde quiere, también habla donde quiere y cuando quiere, así encontramos en el Antiguo Testamento que habló por los profetas, pero que también habla en nuestros corazones, sopla en ellos como un viento cálido en una noche fría, como briza suave que refresca el corazón mas enardecido y encolerizado; como viento fuerte que nos mueve y nos empuja a ir donde a Él le plazca, como el viento impetuoso que impulsó a los apóstoles a la evangelización en el día de pentecostés. Así que el Espíritu Santo nos puede mover a nosotros y nosotros podemos dejarnos mover por Él, dejar que nos mueva al perdón y al amor.

2. Cuando los discípulos vieron al Señor se llenaron de inmensa alegría (Cfr Jn 20,20). Queda claro en el pasaje del Evangelio que la presencia del Señor Jesús resucitado en medio de los discípulos llena de alegría los corazones de los mismos. Al presentarse el Señor les desea la paz y junto con este gesto sopla sobre ellos el Espíritu Santo capacitándolos para perdonar los pecados. El perdonar a nuestros semejantes también conlleva la acción del Espíritu Santo en nosotros. Si nosotros abrimos las puertas de nuestro corazón entonces el Espíritu nos llena de amor y de nuestros corazones solo podrán salir sentimientos de caridad y misericordia, pero si por el contrario nos cerramos a su acción y a la pascua con Cristo, dejaremos de comportarnos como hijos de Dios, como bautizados, dejamos de ser miembros de la Iglesia y por tanto dejamos de hacer comunión, de manera que donde no hay comunión tampoco hay comunidad ni perdón sino egoísmos y odio.

Por otra parte recibir el Espíritu Santo es también recibir el perdón, y saber perdonar. En la fórmula de la absolución sacramental, encontramos una fina alusión al Espíritu Santo que es enviado a los apóstoles y que por ministerio de la Iglesia concede el perdón y la paz. Solo  la recepción del Espíritu Santo en nuestros corazones garantiza el perdón, solo la venida del Espíritu en pentecostés da la valentía a los temerosos discípulos, de manera que ese mismo Espíritu es el que en nosotros como comunidad de discípulos garantiza la reconciliación y la fraternidad, nos regresa la alegría y nos vivifica con la amistad recobrada y alegría refrendada entre quienes nos hemos dejado guiar mas por nuestra carne, por nuestra debilidad que por nuestra condición de hijos en el Hijo, miembros de su cuerpo y templos del Espíritu.

3. El Bautismo del Espíritu. Cincuenta días después de la pascua tuvo lugar en el cenáculo que vino sobre la comunidad de discípulos el Espíritu Santo como viento y fuego (Cfr Hch 2,1-4). A esto le llamamos Bautismo del Espíritu Santo; acto seguido de este gran acontecimiento y presencia de Dios en su pueblo, los discípulos llenos de valor salieron a evangelizar. Es el Espíritu Santo el que es capaz de purificar nuestros corazones llenos de odio y tristeza, es el que como fuego purifica el corazón más empedernido y maltratado por la violencia y el rencor. Es el bautismo en el Espíritu el que nos hace hablar en lenguas, lenguas que todo mundo entiende, es decir la caridad y el perdón; es el Espíritu Santo el que purifica nuestra conciencia de toda obra y juicio mal sano llevándonos al encuentro con Aquel que nos da la gracia: Cristo, nuestro Señor. Es el Espíritu que con su bautismo en agua, viento y fuego, nos orienta hacia el reino de Dios. Nos capacita para manifestar su amor y su gran perdón a pesar de nuestras acciones.

Que el Espíritu Santo siga moviéndonos hacia a donde Él quiera.

Que el Espíritu Santo siga llenándonos de inmensa alegría para perdonar y perdonarnos

Que el Espíritu Santo siga derramando su Santo Bautismo sobre nosotros a fin de que vivamos como hijos de Dios y nos lleve a trasmitir su palabra con alegría y corazón. 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Bendita seas Vida

¿La vida? La vida es una andanza en la que se va conquistando relaciones con los demás, con las cosas y con Dios. En ella he encontrado alegrías y tristezas, angustias y esperanzas, sabores y sin sabores. Sin embargo me siento bendecido por Dios y por los que me aman.

Mi familia ha sido siempre el punto de partida y llegada de muchos de mis pasos, si no es que tal vez de todos. En mi familia he aprendido a relacionarme, convivir y trabajar, he llorado y he reído con ellos. Les he compartido grades y pequeñas noticias sobre mi y sobre los que me relacionan; también ellos han hecho lo mismo conmigo. Por lo que en el último día del año y después de haber celebrado mi vida con ellos no me queda más que bendecirlos. Benditos sus consejos, benditas sus correcciones, benditos su abrazos, benditos mis padres y benditos mis hermanos. ¡Qué sería yo sin ellos!

Tengo que decir también que mi andanza en la vida ha sido siempre seguir a un maestro. He intentado seguir sus pasos aunque muchas veces no lo he hecho de la manera más adecuada. La Fe en Jesús, la amistad que me tiene y que intento refrendársela en el día a día, en lo sencillo, ordinario y cotidiano me parece como alimento que me fortalece. Las suplicas, plegarias y rezos los considero como agua que refresca la sed del hombre, agua fresca en un lugar sereno y tranquilo que al caminante reconforta para continuar su viaje. Bendito seas Tú y siempre Tú ¡mi amado Cristo! por quien vivo y camino, por quien amo y espero; Tu eres mi punto de partida de donde salgo y regreso. Bendita sea tu confianza en mi caminar y respuesta. Bendito tu Espíritu que me impulsa, anima y fortalece. Bendito tu Padre que te ha mandado a ti en mi rescate. Bendita también tu madre, mi madre, que me acompaña y consuela. Bendita la hora en que te conocí y benditos los hombres y las mujeres por quien te me revelaste.

La vida son relaciones, y en ellas he encontrado a tantos hermanos y amigos. Me considero afortunado por los muchos que me amán a pesar de mis errores y fracasos. Me siento alegre por lo mucho que disfrutan mis logros con tanta alegría que me contagian con su entusiasmo al celebrar la pequeña o gran meta conquistada. Toda la vida he tenido amigos y creo que ellos son y serán siempre un don de Dios para mi camino. La fraternidad y amistad que guardo con ellos es fruto de un mismo lugar: la Iglesia. Mi amada Iglesia a quien amo y en la que vivo me ha dado una gran familia, en la que sirvo y me entrego con las pocas o muchas fuerzas que tengo.


Por eso hoy ¡Te bendigo Vida! Bendigo cada año, cada experiencia, cada entrega ordinaria. Te bendigo a ti Vida que te muestras como Camino, sin falsedad ni sobresalto, sino como Verdad y sentido de mi caminar. Te bendigo a ti Jesús: camino, verdad y vida.